jueves, 1 de febrero de 2018

¡VÁMONOS A HUAJICORI!



Cómo ya les he relatado tuve el gusto y la fortuna de contar con la amistad de Don Eduardo Vidriales Robles, quien me dejó y los he ido publicando, varios escritos que van desde cuentecillos lenes, hasta recuerdos lejanos de la vida diaria acaponetense.
Aquí les comparto la memoria de Don Eduardo con respecto a la fiesta de la Virgen de la Candelaria de Huajicori, tal como la vivió nuestro siempre bien recordado amigo hace más de 85 años.
¡Qué lo disfruten!

Pepe Morales





Acaponeta, cualquier mes de febrero de los años 30
Por: Eduardo Vidriales Robles
I.                   PRIMERO LAS FINANZAS
Don Eduardo Vidriales Robles

 Había que ahorrar desde semanas antes, para contar el día de la función lo menos con diez relucientes pesos, de aquellos cantarines hechos de plata del 0720. Diez pesos en manos de un mozalbete de doce años, era capital suficiente hasta para fundar un banco. Si no se completaban diez pesos, la caminata se emprendía con menos; hasta sin nada…al fin que la Virgen, en su día, podía también hacer milagros.
 II.                 LA SALIDA
 Calle México rumbo al norte… ¿A dónde va tanta gente? A visitar a la Virgen de Huajicori en su día.
La forma preferida de muchos, será hacer el recorrido a pie. Los peregrinos descalzos, según el amplio anecdotario de mi tío Adolfo Robles, iban en grupo aparte. Descalzos pero en camión.
La hora de partir a pie era al salir del cine, diez de la noche, sí posible era, contando con el aval de dos buenos tacos cenados en el puesto de Don Chon, afuera del Cine Royal.
El punto de partida ya en grupos grandes, era el “tepocilama”, una roca que está cerca del arrancadero de las carreras de caballos de aquel entonces en las mojoneras. Había que adherirse al grupo de alguien que contara con lámpara de mano, de donde pusiera tocarnos algún “chisguete” de luz para no tropezar con las piedras del camino
Peregrinos

III.              CAMINAMOS… ¿CUÁNTO HEMOS AVANZADO?
 Mariquitas, Corral de Piedra, Higuera Gacha (Hoy Valle Morelos), se van quedando atrás. Después de pasar por La Estancia, Arroyo de Laureles y el poblado de Pachecos, se oyen cantar los primeros gallos; pronto empezará a clarear la mañana. ¿Y el frío de febrero? Con el ejercicio de la caminata se ha quedado en casa.
Al doblar la última curva del camino, después de los llanos del Canjillón, queda a la vista el motivo de nuestro viaje: el Santuario de la Virgen de Huajicori, coronado con cientos de veladoras encendidas. A poco de andar se empiezan a oír las campanas destempladas (las de entonces) llamando a misa primera.
Mañanitas a la Virgen y las acostumbradas alabanzas en su honor: “Buenos días paloma blanca…” Cuando termina la misa, se despide aquella feligresía entonando otras alabanzas: ¿Quién es esa estrella que a los hombres guía?” Mientras esto sucede, los danzantes han comenzado a tomar posesión del atrio, y la chira o chirimía lanza al hilo del viento sus melacólicos sonidos.


Los danzantes han terminado de colocarse sus arreos que incluyen medias de algodón de color, pues no hay danzante que baile con las piernas descubiertas, así es la tradición. El resto lo hace con energía, golpeado rítmicamente el piso a huarache limpio, siempre al compás de sus arcos y flechas y al son de un destartalado violín. Plumas y listones multicolores engalanan el traje sin faltar su típico sombrero cubierto de pequeños espejos que rematan muy por arriba de la cabeza del danzante.
Y se escucha todavía el cantar de otros penitentes: “Adiós Reina del Cielo…”

 IV.              EL ORO A TUS PIES MADRE MÍA


 Mientras, otros peregrinos entran al templo. Los gambusinos de la región minera del Tigre, El Limón, El Indio y Providencia, hacían llegar en forma simbólica los hilos de oro hasta los pies de la Virgen; pequeña milagrería de oro relacionada con la salud, o en el caso de los mineros, también con la fortuna. Los hilos de oro casi se palpan en la mente del minero.


Las vetas, la humedad de las minas y el olor a pólvora recién tronada, se quedaron allá en el cerro. El minero y su familia están aquí postrados dando gracias a la que reparte, desde arriba, salud y fortuna.

V.                LA PLAZA


A estas horas de la mañana ha sido ya tomada por vendedores y paseantes la plaza que está frente al santuario; desde los que buscan un puesto de comida para hacerse un taco, hasta la batahola de vendedores que ofrecen desde una “medida” de la Virgen hecha con un pedazo de listón, hasta los vendedores de sarapes norteños, huaraches, zapatos y vestidos multicolores.


¿Y los juegos? No podían faltar ni la lotería, el carcamán, ni la ruleta. Conforme sube el sol, hasta el atrio llegan los gritos de la lotería: “¡El diablo son las mujeres!” o el ronco grito de la ruleta: “¡Diecisiete colorado!”, “¡Veinte negro!”, “¡Casa grande!”
Toda aquella abigarrada multitud permanece en la plaza, en tanto que algunos señorones y señoronas de falda almidonada, ven la función apoltronados en el portal de Don Nicanor Osuna, dueño del más próspero abarrote del lugar.


Cuando se acerca la hora del mediodía, la muchedumbre va deslizándose poco a poco hacia las grandes ramadas a un costado de la plaza, donde la cerveza ha sido puesta a helar a buena hora. La comida caliente para vender, espera contenida en grandes cazuelas de barro. Después, ¡el baile! La banda, mariachis y cien cancioneros, cada quien por su lado, hacen las delicias de los parroquianos.
Y la gente sigue llegando a pie, en camión o en remuda; el hilo humano es interminable, principalmente de penitentes que tienen que pagar “mandas” a la Virgen por un favor concedido.


Había quien cruzaba el atrio de rodillas hasta el altar de la Virgen; quien arribaba de más lejos también de rodillas, donde no faltaban hombres con el torso desnudo con pencas de nopal sobre el pecho y la espalda, y hasta con coronas de espinas en la cabeza. En fin…milagros de la fe que así agradecen a la Virgen de Huajicori.
¿Y el castillo? ¿y los toros de fuego? Hay que ver a estos cómo arremeten, ya de noche, sobre la multitud que llena la plaza, sin que falte alguna enagua catrina que vuele por los aires cuando su dueña ha caído queriendo escapar de la furia del toro.
Se penetra en aquel pequeño mundo de la plaza con disposición a ser parte de todo. Jugar al carcamán alumbrado por “cachimbas” o la lotería y ruleta, donde el alumbrado es más moderno a base de lámparas de gasolina.
La quema del castillo, que dará fin a la función, concentra la atención de todos los que están entrados en copas o entrados en baile. Don Hilarito el cuetero sale siempre con aplausos cuando se apagan las últimas luces de su obra: aquel hermoso castillo que por espacio de una hora nos ha mantenido a todos admirados con sus multicolores resplandores.

VI.              Y EL CUENTO SE VA ACABANDO…
Era en la ruleta, mientras esperábamos la quema del castillo, donde nos hacían “pelo y barba” hasta con el último “quinto” o “nickle” que nos quedara en el bolsillo.
El regreso se hacía en camión, por supuesto. Al estar de nuevo en los llanos de Las Mojoneras, la voz doblemente trasnochada de algún pasajero se ha puesto a cantar las avanzadas de Ramón Corona, que llegó a General y que decían:
Llegaron las avanzadas
de Acaponeta a Tepic
gritaba Ramón Corona
¡cabrones ya estoy aquí!



Poco a poco las calles se volvían a llenar de gente. “Al otro día” cada quien a su oficio y…hasta el año próximo, el dos de febrero en Huajicori.

ACAPONETA, NAYARIT, EN EL ÚLTIMO ENERO DEL SIGLO XX.

EDUARDO VIDRIALES ROBLES.

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