lunes, 10 de diciembre de 2018

MEXICANOS SÍ, PERO TODOS LOS DÍAS



Por: José Ricardo Morales y Sánchez Hidalgo

La reciente visita a Acaponeta del nuevo presidente de la República, Andrés Manuel López Obrador, me dejó un muy buen sabor de boca, y no lo digo por los beneficios económicos que trajo y que mucho habrán de aliviar la tragedia que dejó la méndiga "güila", sino por la forma como habló y el mensaje claro que vertió.

Hago la diferenciación con el burro peinado Vicente Fox, quien obtuvo muchos votos por el lenguaje coloquial que usó durante su campaña y buena parte de su desnutrida y traicionera administración. Fox nos engañó vilmente, en compañía de su ambiciosa, fea y prepotente mujer simplemente, la dilecta "Martita" la nueva rica, nos usaron ese par de cuervos como pañuelos klennex y cuando ya no le servimos nos arrojaron al cesto de la basura.

López Obrador habló diferente ante un público que no fue acarreado como siempre hicieron los gobiernos priistas y panistas; todos los ahí presentes fueron por propia voluntad y porque les dio la gana, para escuchar un discurso diferente, sincero, libre del polvo y la paja que usaron los anteriores durante décadas. Vi en un video, porque no fui, gente que nunca se para en estos actos. Hasta puso en evidencia el mandatario federal, al encargado de hacer los censos de afectados por el huracán. Nos dijo que las cosas serían diferentes y que a él nadie lo va a engañar, amenazando incluso con regresar en enero para ver si efectivamente el dinero que dejó se usó para bien, evitando así lo que es muy común, obras a medias u pésimamente construidas con materiales de ínfima calidad que no duran ni cinco años o en meses se convierten en socavones asesinos.

Eso, mis estimados lectores da confianza, ese es el lenguaje que quiere oír la ciudadanía, mensajes que den certidumbre y ya no solo esperanza. Anuncios que superen la expectativa de nuestros sueños aunque estos sean guajiros; que sepamos que cuando él se regrese por donde vino, no se quede la triste imagen de la mentira, el engaño, la demagogia, la corrupción y el reparto del botín. Qué bueno que AMLO regrese en enero y si no se cumplió con lo acordado, ni olvide ni perdone, solo meta al bote al ladrón o despida al negligente. Eso queremos los mexicanos: hechos no palabras y gente que pague por sus sinvergüenzadas.

Pero hay que decirlo como es, los mexicanos, así como tenemos derechos --que no son pocos-- tenemos obligaciones --que no son pocas--, y cuando se habla de esas, la neta nos hacemos pendejos. Si en verdad se viene una "cuarta transformación" (sea lo que sea eso, porque me sigue sin quedar claro), esta exige que los primeros en transformarnos seamos los ciudadanos de este país, porque nos ufanamos de ser "mexicanos hasta las cachas", pero yo veo que solo lo somos el día de la ceremonia del grito en la noche del 15 de septiembre o cuando juega la selección nacional de fútbol, el resto del año nos la pasamos de la greña y autodenigrándonos; yo supongo que es la herencia maldita que nos dejaron los partidos políticos y sus testaferros.

A los mexicanos no nos gusta ver que alguien sobresalga o destaque en lo que hace y si es paisano peor. Por envidia, por ignorancia o por ser el deporte nacional, los nacidos en esta patria del nopal y la tuna, atacamos a la gente brillante, le queremos sacar trapitos al sol que luego solo están en nuestra enfermiza imaginación. Sufrimos el síndrome de las jaibas que atrapadas en una cubeta luchan por salir y cuando una está logrando el objetivo y se encuentra en el borde del balde, las demás la jalan hacia abajo y vuelta a empezar. Somos diferentes a los demás, presumimos y la verdad es que sí, porque en otros países si se enorgullecen todos los días del año de su nacionalidad, aquí solo en septiembre --dizque el mes de la patria-- y cuando juega el dizque "tri".

Somos muy buenos como mexicanos --o mexicanotes-- en reclamar, señalar (a veces con dedo flamígero) lo que está mal. Le echamos la culpa de todo al gobierno y muchas veces nosotros somos los verdaderos culpables: no pagamos al agua y reclamamos muy alterados cuando no llega el vital líquido a las viviendas. Sacamos la basura por las noches y nos quejamos del tiradero en las esquinas y el desbordado crecimiento de cucarachas y ratas. Nos pasamos los semáforos en rojo cuando no se ve en la esquina el agente de tránsito, pero nos quejamos cuando no hay semáforo en otro crucero. Reclamamos airadamente que no hay eventos culturales, pero cuando se organizan, no asistimos. Mentamos madres cuando faltan luminarias públicas, pero no pagamos impuestos. Abominamos la corrupción pero le pagamos 100 varos al tránsito para que se haga de la vista gorda o damos un emolumento para conseguir un mejor lugar o colocar a alguien en un puesto determinado. Compramos artículos pirata y hasta robados, no respetamos como conductores al peatón y como comerciantes invadimos banquetas, hacemos trampa en los exámenes de la escuela; vamos de visita a las playas o a los bosques y dejamos unos muladares que dan vergüenza ante la madre naturaleza; eso y muchas cosas más.

Como mexicanos nos gusta denigrarnos --me contradigo cuando arriba escribí "mexicanotes" despectivo--, ya que sabemos que lo mexicano está mal hecho, es de pobre calidad y es elaborado a medias, desgraciadamente --y no es denigrar nada, es la pura maldita realidad-- al mexicano no le gusta trabajar, lo ve --o vemos--como un gran sacrificio, como un mal necesario o una tortura inevitable. Fíjese amable lector en el campesino nayarita. Ya los echaron a perder desde años. No quieren mover un dedo si el gobierno no les "regala" billetes, implementos agrícolas o insumos. Los acostumbraron a darles dinero o bienes a fondo perdido, es decir, "prometían" los campesinos que iban a utilizar esos dineros frescos en proyectos productivos y al final, todo quedaba en las cantinas y nadie les pedía cuentas y ellos menos las dieron; llegue a ver a campesinos que recibieron en la Casa de la Cultura de Acaponeta, aspersores manuales para rociar herbicida en sus parcelas y apenas llegaron a la plaza --ahí a unos pasos-- los vendieron en 300 pesos y corrieron a la cantina y nadie les dijo una sola palabra; consecuencia: el campo en la zona norte de Nayarit está devastado y no por el huracán, sino por la indolencia y la apatía. Es claro que esto no era así en el pasado. En 1939 ó 1940 Nayarit era el granero de la nación. Aquí se producía y muy bien, el mejor tabaco del mundo y se vendía hasta la última rama; no se diga la caña, surgiendo molinos por todos lados de los cuales salía el azúcar para todo el país. Hasta Maseca abrió una planta en Acaponeta para procesar uno de los mejores maíces de México y la producción era enorme, pues aún se recuerda la fila de camiones de carga que llegaban hasta el crucero (unos dos kilómetros y medio) esperando descargar. Hoy eso no se ve más que en viejas fotografías.

Los mexicanos somos "a toda madre". Recuerdo haber escuchado a un argentino decir que sufrió en México un fuerte accidente automovilístico en un lugar despoblado en una de tantas carreteras, iba con su familia y con sorpresa relataba que era un milagro que hubieran sobrevivido, ya que gracias a la afortunada intervención de muchos pobladores que salieron "de quién sabe dónde" y se movieron para asistirlos, lograron salvarse. Remataba diciendo: "en Argentina hubiéramos muerto irremediablemente". Somos generosos los mexicanos y nos gusta ayudar a los demás y ayudarnos en momentos de crisis, pero luego nos entra lo "mexicanos" y valemos 70 fregadas.

Por otro lado, alguna vez le leí a alguien algo muy cierto. No hay país del mundo donde no haya políticos detestables como los que tenemos aquí. La corrupción es un mal mundial y no solo de nuestra nación. Hijos de la chingada aprovechados y prepotentes los hay igual en Mexicalpán de las Tunas que en París, Londres, Tokio o Moscú, ni los mamones gringos se salvan. Pero allá, hay un nacionalismo diario, allá son franceses, británicos, japoneses, rusos o gringos las 24 horas del día. Se enorgullecen de su nación lo mismo en las celebraciones patrias que en los encuentros futboleros y además les gusta trabajar. Imaginen un estado como Nayarit manejado por japoneses: con las tierras tan fértiles que tenemos, con las playas de ensueño que adornan los litorales de esta patria chica, con las minas, los esteros, los ríos, los kilómetros y kilómetros de zonas pesqueras, con los bosques en la sierra y las hermosas ciudades y pueblecitos que tenemos. Serían lo que son actualmente a pesar de habitar una isla rocosa y muy estrecha: una súper potencia pero multiplicada por mil.

Repito, si queremos en verdad una cuarta transformación y ser, ahora sí de verdad, un país boyante y lleno de riqueza --el "cuerno de la abundancia" que nos decían en la primaria-- debemos cambiar primero como mexicanos, querernos, apreciarnos y sentirnos orgullosos unos de otros; si el que triunfa es el vecino o el compañero de banca alegrarnos por ello, pero sobre todo, agradecer que tenemos trabajo y estamos bien a pesar de los indignos, muy por encima de los peñanietos o sandovales, de los duartes o los borges, de los niños verdes o los viejos podridos. Estar contentos de que no somos Venezuela y nunca lo seremos; dar gracias de que no estamos al mismo nivel de los hondureños que buscan residencia aquí.

Gritar como lo hizo José Martí en la bella Cuba: "La patria es dicha, dolor y cielo de todos, no feudo ni capellanía de nadie".


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