Por: José B. Algarín González
Y AHORA...QUE?
(primum est nil
nocere) Primero es no hacer daño
Ya con mi título bajo el brazo, mi grado Académico, y mis dos “Diplomas”
(dos hijos Pepe y Betty) salgo a enfrentarme a la realidad de la vida,
preguntándome... Y ahora, ¿qué?
No sé si providencialmente o por desgracia (ya el lector lo juzgará
más adelante). Me encontré a mi compañero y gran amigo Víctor Manuel Liparoli
Preciado (q.e.p.d.), hermano de otro condiscípulo, Julio Cesar, de los mismos
apellidos, quien se acababa de “enrolar” en un trabajo relacionado con una
campaña a nivel Nacional contra el
Paludismo, enfermedad muy frecuente en esos tiempos.
Me comentó que había plazas para trabajar ahí, y me dió el nombre del
Jefe Delegacional en el Estado de Jalisco, un Doctor de apellido Uribe.
Inmediatamente lo localicé y hablé con él para que me contratara;
desgraciadamente ya tenía su planilla de médicos completa.
Sin embargo de una manera muy amable, en mi presencia habló por vía
telefónica con el Jefe Delegacional de
la Jurisdicción del Estado de Sinaloa, recomendándome de manera muy entusiasta, y al
terminar de hablar, me dijo: Doctor, váyase inmediatamente a Mazatlán, pues la
sede de esa campaña estaba precisamente
en ese Puerto. Sin pensarlo dos veces, me fui yo solo, a entrevistarme con el
Dr. Buitrón, quedando mi familia por unos días en Guadalajara, con los padres
de Betty.
Para ese entonces yo ya tenía un carrito coupé, marca Chrysler, modelo
1938, que el Dr. Luís Valdivia me había vendido muy barato, dicho carro tenía
un motor modelo 1950, y estaba muy bien tratado, pues dicho Doctor era muy
“conservador” y se preocupaba mucho por sus carros (era propietario de dos).
De tal manera que al día siguiente en la mañana, ya estaba yo con el Dr.
Buitrón, quien me recibió con cortesía, y diciéndome que había tenido suerte,
pues le quedaba una vacante. Aclarándome que tendría que hacer un curso de
Malariología (Estudio de la Malaria) en Veracruz, en un futuro próximo.
De inmediato acepté, pues el sueldo era bastante bueno, y además tendría
viáticos cuando saliera de Mazatlán.
Así que me regresé a Guadalajara a recoger a mi familia, y darles
efusivas gracias a mis queridos suegros.
Me los llevé a Acaponeta, y los dejé con mis padres, para de inmediato
reportarme a mi nuevo trabajo.
Con gusto me enteré, que precisamente la jurisdicción llegaba hasta la
bella Ciudad de Acaponeta.
Al llegar a Mazatlán busqué una casa de asistencia, y renté un
confortable cuartito, sin alimentos, pues me daba cuenta que no iba a
permanecer siempre en Mazatlán, estaba muy bien situada la casa, y la Sra. que
la atendía era muy amable conmigo, además que nunca le causé problemas, pues
prácticamente no usaba dicha habitación. Una sola vez fue mi esposa Betty a
visitarme.
Ya en mi trabajo se me entregó un Jeep, bajo inventario (hasta la
numeración de las llantas, aceite, agua, numero de la batería, etc. etc.) y sin
yo conocer bien en qué consistía mi trabajo, se me indicó que fuera a Logística, a cargo de un
Teniente en activo, para que me diera un plano para llegar a una determina
localidad, cercana a Mazatlán (un ranchito de no más de seis casas). Inicialmente
me dijo que alguien me acompañaría, pero de inmediato se echó para atrás, y me
comentó, que por ésta vez iría yo solo. Después se me dotó de todo un block de cuestionarios que yo tenía que llenar.
(Nombre del paciente, edad, y todo lo que concernía exclusivamente al
Paludismo). Y una gran cantidad ---todas bajo inventario--- de dos tipos de
medicamentos. Así como unas láminas de cristal, con laminillas, para una toma
de muestra en gota de sangre y marcar la fecha con un instrumento especial para
marcar el cristal de las laminas. Darle una o dos tabletas, dependiendo de la
edad y peso del paciente de una medicina que se llama Primaquina, o Difosfato
de Cloroquina (Aralen). Esta opción dependía de mí, y de la sintomatología que
el paciente presentara.
La verdad que no se me hacía hacer mucha medicina, pues era únicamente
eso, y en todos mis recorridos me
encontré con otro tipo de enfermedades pero sin armas (medicina) para
tratarlas.
José B. Algarín G. |
Esta primera incursión se me hizo fácil, pues estaba relativamente cerca
la localidad aquella.
A medida que fueron pasando los días, las “misiones” que se me
encomendaban eran cada vez mas lejos, y mas complicadas, pues tenía que dejar
el Jeep, en Comisariados Ejidales, y el presidente del comité directivo me
decía verbalmente como llegar a las rancherías que en Logística me habían
indicado.
Generalmente dormía la noche en que llegaba en la casa que ocupaba el
Comisariado Ejidal, usualmente un local chico, y ahí, en bancas de madera ponía
mi “tenderete” que consistía en una frazada, y un maletín de campo como
almohada.
Al día siguiente me tenían ya lista una “remuda” palabra nunca oída por
mí, pues se trataba de un caballo o una yegua, pues para llegar al lugar
designado solamente en esas bestias se accesaba a ellos. (Remuda y Semoviente,
eran pues, palabras nuevas en mi vocabulario). El jeep se quedaba ahí, cuidado
por un encargado del Comisariado Ejidal.
A veces me iba sin comida esperando encontrar en el camino, o en mi
destino final algún lugar donde yo pudiera comer. Muchas veces en un principio
no encontraba nada para comer, y cuado llegaba después de horas de “cabalgar” a
mi destino, no había nada que ofrecerme. Así que con éstas amargas
experiencias, siempre llevaba un cartón con pan, atún, sardinas en latas, agua,
y galletas. Y los chiquillos al llegar corrían despavoridos, pues ya sabían que
a alguno los iba a “pinchar” de un dedo. Generalmente eran niños los que
prevalecían enfermos de ésta enfermedad llamada Paludismo.
Muy frecuentemente compartía lo que llevaba con los habitantes de las
pequeñas rancherías. Estas travesías las hacia yo solo, sin mas compañía que el
animal que me llevaba en su lomo.
Poco o nada acostumbrado a estas lides hípicas, trabajo me costaba
quitarle el freno y la silla a mi cabalgadura, y cuando tenía sed, pues había
que quitárselo y volvérselo a poner, me refiero al freno. En varias ocasiones
me “ganaba” la noche, y pues, a desmontar el caballo, quitarle el freno, la
silla, y amarrarlo, y yo buscar un lugar adecuado para tratar de dormir. Ya se
imaginaran el pobre espectáculo que yo daba en ésas nuevas para mí
experiencias. Y pues como techo, el cielo y las estrellas, y el recuerdo de mi
familia, tan lejos, reconozco hoy, como me salían lagrimas reprimidas que
no podía contener. Pero bueno, así es la vida...
En una ocasión llegué con mi Jeep, a una población de unos mil
habitantes, y de inmediato me apersoné con el Presidente del Comisariado, para
al día siguiente salir muy temprano a la ranchería que debería visitar y que
sabía que serían muchas horas de andar a caballo, de tal manera que le pedía
que me tuviera una bestia para mi traslado muy temprano. Y me fui a cenar en
una fonducha, donde di cabal cuenta de casi un pollo “a la plaza” que para nada
se parecía a los que mi Nina me cocinaba hacía ya muchos ayeres.
Como era relativamente temprano (8 de la noche) vi un pequeño Kiosco en
lo que se simulaba era la plaza, y noté a unas personas
reunidas ahí, hacia ellas me dirigí, y saludando me percaté que estaban jugando
Albures, con una baraja española que hacía mucho tiempo debería ser muy buena,
pero que con el uso apenas se dibujaban
las figuras.
De inmediato me invitaron a que jugara, y al darme cuenta de que se
apostaba dinero, no mucho, pero sí se veía que había varios billetes en
circulación. Me atreví a decir en son de broma que no, que esa baraja estaba
muy usada, y que además estaba marcada. De inmediato, de estar todos sentados,
serian 5, 6 personas, se levantó el que
era obviamente el dueño de la baraja y retarme a que lo demostrara. Yo traté de
disculparme aclarando de nuevo de que era una broma. Y diciendo esto me hice de
la baraja y empecé a hacer una serie de trucos en ella.
Durando más una hora con mis trucos que los dejó bastante impresionados.
Por supuesto que el público aumentó, pues los que estaban en otros menesteres
se acercaron, y viendo mi “espectáculo” hasta me aplaudían.
Debo aclarar que yo,
en mi época de estudiante era jugador de poker, y además me gustaba hacer
“magia”, y uno de mis campos favoritos y que más dominaba era precisamente
hacer trucos con baraja.
Me gané a pulso la simpatía de todos, corroborando una vez mas mi
autoestima, pues seguía siendo una “monedita de oro”. A todos les caía bien...
Me fui a acostar, y de tan cansado que estaba de inmediato me dormí. No
habían pasado ni dos horas cuando oí con
cierta discreción unos toquidos que me despertaron, y un poco receloso,
pregunté, ¿Quién?...Un susurro de voz me contestó, soy yo médico, el que le
prestó la baraja...encendí el único foco que había, me vestí y le abrí la
puerta, diciéndole, ¿qué te pasa? ¿Te
sientes mal? No, fue su escueta
respuesta, permítame entrar, sí? Dudé si abrirle o no, pero creí más prudente
franquearle el paso, y el de inmediato entró y cerró la puerta con una aldaba
que tenía por dentro. Yo francamente estaba asustado, pues lo menos que podía
pensar era que me iba a robar el poco dinero que yo traía.
Mire médico, me dijo, soy Fulano de Tal, y debo confesarle dos cosas, la
primera es, que efectivamente si está marcada la baraja con la que jugamos, y
la otra es que yo me dedico, es decir es mi trabajo ser tahúr, vivo del juego. Y con lo que Ud. sabe de manejar la baraja, pues le
propongo dos opciones: En éste momento me va Ud. a enseñar eso de desaparecer
la carta de abajo, y otros trucos más, o le
juro que mañana no llegará a su destino, sé que va a tal parte
(mencionó el nombre de la ranchería a la cual yo iba a partir al día siguiente)
de tal manera que Usted dirá...
Sí...Adivinaron. El resto de la noche le enseñé varias formas de hacer
“trucos” con su baraja.
En mis primeras andanzas como jinete solitario, me pasó lo siguiente:
esa vez tenía un cometido de llegar temprano a una localidad cercana al
municipio de San Ignacio, Sinaloa. Ahí me proporcionaron un caballo, ya viejo,
se veía muy cansado, o al menos esa era mi apreciación, como no había otro,
acepté aquel “matalote”, aclarándome el dueño, que era un animal “pajarero” y
que no me fiara mucho de él pues todavía tenía sus arrestos. Para no demostrar
mi ignorancia equina, no pregunté que era eso de “pajarero”, de tal manera que
me subí en él, me acomodé bien; salí del pueblo rumbo a mi destino, a buen
paso pues el animal efectivamente sabía para que estaba en este mundo.
Al volar un pájaro de un árbol a otro el caballo se asustó, dejándome a
mí en el aire, mientras el escapaba a toda carrera.
Mi caída fue tan de repente, que
me preocupaba más el poder recuperar a tan veloz equino, quien ya se
encontraba a más de 100 metros de su cabalgadura.
Efectivamente era un animal “pajarero”, pues se asustaba hasta por el
cruce de una pequeña lagartija por su camino.
¡Esa misma mañana supe lo que era un "animal pajarero"!
En otra ocasión, esta vez en el municipio de Badiraguato al entrar a una
rancheria, no tan chica, pues me habían dicho que tenia más de 3,000 habitantes
encontré en el único camino estrecho y arbolado para su llegada, a unos ocho o nueve
tipos, que estaban semi-escondidos adorando al dios Baco (tomando pues, me
imagino que raicilla) yo pasé en mi Jeep, despacio, saludándolos, y ellos de
mala gana contestando mi saludo.
Me tardé más de lo planeado, pues era una población en la cual se habían
reportado más de doce casos de Malaria y trabajé casi todo el día. No quise
quedarme ahí pues apurándome un poco podía llegar hasta la cabecera municipal y
ahí pernoctar esa noche.
Así que al salir de la ranchería aquella mi única preocupación era
toparme con aquellas personas que había visto al llegar.
Llegué al lugar y luego, de inmediato me di cuenta que estaban por ahí,
“agazapados” entre los arbustos, y dos de los árboles por entre los que tenía
que pasar con mi Jeep, estaban cortados de tal manera que impedían mi salida,
no había otra manera de salir de ahí.
Sin pensarlo mucho, aceleré lo
más que pude y atravesé entre dichos árboles, pegando las barras de la
capota del Jeep, dejando desgarrado el toldo
que me servía de techo en dicho vehículo. Salieron dos o tres tipos a
tratar de alcanzarme, sin lograrlo.
Era pues un asalto frustrado...
Cuando llegué a Mazatlán, para reportar mi trabajo, le comenté al Jefe
Delegacional, a lo que estuve expuesto, él de una manera inaudita, lo que me
preguntó, fue, si había cumplido mi trabajo, y que la había pasada al toldo del
Jeep, de tal manera que fue a revisarlo, y pues era una pérdida total de dicho
capacete, y en presencia mía llamó al teniente de Logística, para que de mi
sueldo se me descontara el costo de dicho toldo. ¿Cómo ven esto? No le importó
mi seguridad física, ni los sentimientos
del que esto escribe...
En presencia del mismo Jefe de Logística y del personal ahí adscrito me
negué rotundamente a que se me descontara ningún centavo de mi sueldo con la
aprobación tácita del resto del personal, que así lo manifestaron de una manera
bastante elocuente.
Desde ese día, a mí se me daban los más difíciles trabajos por orden de él, y así me lo comentó el de Logística y el personal administrativo.
Y casi todos mis encargos eran de campo, es decir fuera siempre de la
sede.
De tal manera que en una ocasión se me envió a Tayoltita, del estado de
Durango, por vía terrestre, lugar que le correspondía a la misma zona donde
estaba yo trabajando.
Este viaje generalmente se hacia por aire, en una pequeña avioneta, que
salía directamente de Mazatlán-Tayoltita, en la cual ya me había subido en un
comisión del mismo orden, y ahora, me mandaban en Jeep, por un camino, que no
era realmente una vía de comunicación, sino que se aprovechaba el lecho de un
rio semi-seco para llegar hasta allá.
No discutí la orden y preparado me fui siguiendo el plano y las
instrucciones que siempre me daban en el Departamento de Logística
Después de casi todo el día de manejar por un camino que no
era tal, llegué hasta donde se le terminó la gasolina al Jeep, y estando
llenado el tanque, pues llevaba un recipiente para esos casos, oí a lo lejos un gran ruido que
no podía clasificar, llené el tanque y me orillé, pues el ruido aumentaba en
el transcurso de los minutos, y al cabo de un poco tiempo más, veía yo como en una película de terror, como avanzaba
hacia mi una gran avenida de agua, que arrastraba árboles, troncos, maleza, y
hasta animales vacunos muertos, y otros tratando de salvarse nadando hacia la
orilla, y de pronto aquel riachuelo, se convirtió en una gran río desbocado que
arrastraba todo a su paso, vi esto y de inmediato corrí al Jeep para sacarlo
lo más que pudiera hacia la orilla, cosa inútil, pues me alcanzó aquella gran
cantidad de agua y troncos golpeando al Jeep, y como si fuera una hoja lo
arrastró conmigo arriba, y por allá nos dejó en la orilla, atorados en las
raíces de un gran sauce.
Por supuesto que
todo mi material de trabajo junto con mi cartón de alimentos, mi frazada, todo
se mojó, pero no perdí nada. El Jeep estaba completamente inundado. Como llegó
de rápido así se fue pasando, para en cuestión de minutos todo volvió a la
calma, únicamente se oía a la distancia como el río iba destruyendo todo a su
paso. Di gracias a Dios de haber salvado mi vida, y empecé a llevar mis
pertenencias a lugar seguro.
Del Jeep ni me preocupé, pues estaba ya no inundado, pero sí, claro, no
podía ya trabajar. La única explicación para este fenómeno natural era que
había llovido abundantemente en las partes altas de la sierra, y era lógico que
el agua buscara su cause natural, nomás que yo estaba en su camino.
Me retiré a una distancia prudente pues podía volver a suceder, y a una
vista de mi vehículo traté de no dormir sino al menos descansar.
Por allá en la madrugada, empezando a salir el sol, oí de nueva cuenta
un gran ruido, pero ya no venía de la dirección de donde había llegado el agua,
sino de la otra parte opuesta, hacia atrás de mi, ya se imaginaran que de nueva
cuenta me alarmé mucho pues el ruido se acercaba cada vez más y más.
En los pocos minutos que estuve con el oído alerta distinguí que el
ruido provenía de una gran máquina, y sí, eso era, una motoconformadora, la más
grande que yo había visto, y venía precisamente por el cause del río, unas horas
antes tan embravecido y ahora tan pacífico, simplemente era una arroyuelo.
Allá arriba a varios metros del suelo se veía al chofer de aquel
monstruo de acero, lo primero que vio fue el Jeep, y luego a mí, pues estaba a
escasos metros de él. Sin apagar su maquina se bajó, me saludó muy amable y me
preguntó si me había “tocado” aquella “tromba” de agua, contesté afirmativamente
y expresando el gusto que me daba verlo en aquellos parajes desolados.
Subió de nuevo a su cabina, y bajo café, y unos huevos cocidos,
sandwichs, y me empezó a tranquilizar, diciéndome que no me preocupara, que él
se encargaría de todo...y por supuesto invitándome a que degustara tan opíparo
y oportuno desayuno. Así lo hicimos, pues traía bastante que comer.
Al terminar platicamos todavía un rato, preguntándome detalles de lo que
había pasado el día de ayer, yo le
platiqué todo, él diciéndome que cómo
era posible que me hubieran mandado por esa ruta y además solo.
A media mañana, se subió de nuevo a aquella máquina, y no sé de dónde sacó
un cable que llevó un extremo al chasis del Jeep, y en menos tiempo de lo que
escribo ya estaba el Jeep en una área seca. Sacó su herramienta, prácticamente
en menos de dos horas, ya había desarmado el motor, lo había limpiado y ya lo
estaba armando de nuevo, el toque final fue agregarle aceite que también traía, y al
primer intento empezó a trabajar el motor.
A mí en lo personal se me hizo como un milagro todo aquello. Al
preguntarle que cuánto le debía para pagarle, me contesto algo así: Que de
ninguna manera, no le debía nada, y preguntándome a mí, ¿no hubieras hecho lo
mismo por mi?...Me quedé pensativo, sin saber cómo contestarle...
Le insistí en que cuando menos me dejara pagarle el aceite que le había
puesto a mi Jeep. No aceptó nada, y además me dejó una generosa porción de sus
alimentos.
Y como llegó...se fue...
En el transcurso del tiempo he meditado mucho sobre este hecho. ¿Quién
era? ¿De dónde venía? ¿A dónde iba? ¿Por qué ese día? ¿Por qué traía el filtro de aceite adecuado para mi
vehículo?
Y todavía habemos gente que no sabemos que Dios envía a ciertas personas
a auxiliarnos en el momento y el lugar preciso, no cabe duda...
¡Yo si creo que tengo un Ángel de la Guarda!
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