Mensaje de Consuelo Sáizar de la Fuente en su homenaje en la Casa de la Cultura "Alí Chumacero"
Consuelo Sáizar de la Fuente
Casa de la Cultura «Alí Chumacero» Acaponeta, Nayarit
24 de abril de 2026
Yo no soy lo que me sucedió; yo soy lo que elegí ser. Carl Gustav
Jung
Señoras y señores, buenas tardes.
Inicio como aprendí a hacerlo en la escuela donde estudié —el Centro Escolar Acaponeta—: agradeciendo.
Gracias al H. XLIII Ayuntamiento Constitucional de Acaponeta. Gracias a la Casa de la Cultura «Alí Chumacero».
Gracias, de manera muy especial, a la Junta Vecinal Pro-Conservación y Difusión del Patrimonio Histórico y Cultural de Acaponeta, que cumple treinta años de cuidar, con terquedad invencible y amor apasionado, la memoria y el porvenir de esta tierra.
Gracias por pensar en mí. Gracias por hospedarme esta tarde. Gracias a Julia, mi esposa, que me acompaña hoy, como lo ha hecho a lo largo de este siglo.
Gracias a mi familia, que es también esta tierra. Cierro los ojos. Y sé que no estoy soñando. Sé que no es un sueño porque hoy, al despertar, olí las gardenias; porque anoche comí gorditas, esta mañana fui por churros y más tarde tomaré tejuino. Sé que no estoy soñando porque estoy rodeada por los olores y sabores de mi infancia, los mismos que me han acompañado —allá donde he estado— durante estos cincuenta años: el medio siglo transcurrido desde aquel 30 de julio de 1976, cuando salí de Acaponeta, a los catorce años, para instalarme en Tepic.
Y, sin embargo, si algo de sueño hay en esta tarde, es que hoy amanecí de nuevo en Acaponeta: no en la casa de mis padres, que ya no están; no en la de mis abuelos, que ya no existe; sino aquí, en la única patria que nunca he dejado de habitar: la de mi niñez.
La primera patria se lleva tatuada en el corazón. Si algo me llena de orgullo es haber nacido en Acaponeta. He hablado largamente de mis años de infancia; he escrito sobre los momentos decisivos que viví en estas calles; he querido registrar, con gratitud y con asombro, a las personas y las escenas que marcaron mi destino.
Por eso, cuando a finales de enero recibí un mensaje de Pepe Morales Sánchez Hidalgo para decirme que la Junta había decidido rendirme un homenaje por mi trayectoria académica y profesional, y que esa decisión había sido unánime, me emocioné profundamente. Pero de inmediato me detuve en la palabra homenaje. Y entendí que no era Acaponeta quien debía homenajearme a mí: era yo quien debía rendir homenaje a Acaponeta.
Y con esa certeza empecé a escribir estas letras. Permítanme invertir el orden de esta ceremonia. Soy yo quien viene a rendir un homenaje a Acaponeta. A todos ustedes. A la Junta Vecinal Pro-Conservación y Difusión del Patrimonio Histórico y Cultural de Acaponeta, A.C., por estos treinta años de trabajo heroico e infatigable; por haber defendido una idea grande de la vida común; por haber dejado en este pueblo no solo obras y proyectos, sino una forma organizada, devota y perdurable de amar lo propio. Treinta años son más que una cifra o una efeméride. Son obras. Son un piano de cola conseguido con tanto tesón para esta Casa de la Cultura que la sola gestión generó la donación de un segundo instrumento. Son las gardenias plantadas en las calles y los parques, una a una, con cada pétalo como una declaración de principio: aquí vive gente que valora y cuida lo hermoso. Son doscientas placas con los nombres de las calles en las esquinas del pueblo. Son más de trescientas sillas para este recinto. Son la huella y la memoria de congresos de cronistas e historiadores, presentaciones de libros, encuentros de poetas, conversatorios, exposiciones. Es un cine club. Es un museo comunitario.
.jpg)
Son ustedes: un grupo de acaponetenses de probada honestidad, como los define Pepe, propositivos, entusiastas, comprometidos. Un pueblo también se reconoce en aquello que decide cuidar. Y aquí se ha decidido cuidar la palabra, la música, la memoria, los libros, los parques, las esquinas, las placas, los recintos, las tradiciones. Aquí se han sembrado gardenias como quien fija una convicción: la belleza es una forma de vida compartida. Por eso quiero rendir homenaje a todos ustedes: a los presentes y a los que no nos acompañan; a quienes sostienen la conversación del pueblo; a quienes han cuidado sus casas, sus patios y sus zaguanes; a quienes han hecho de Acaponeta no solo una geografía, sino una forma de estar en el mundo.
Quiero homenajear el rumor del río y el paso del tren. La luz de la tarde. A las guitarras y los pianos. Las casas que ya no existen y las que se han construido para albergar nuevas vidas. Quiero agradecer a quienes han hecho de Acaponeta eso que tantas veces se ha dicho con justicia: la Atenas cultural de Nayarit. Un sitio donde la belleza no es adorno, sino vocación; donde la cultura no es ornamento, sino seña de identidad.
Yo nací en una imprenta. Nací entre máquinas, tinta, papel y tipos móviles. Allí se imprimía El Eco de Nayarit, y allí aprendí, desde muy niña, que un pueblo no solo se formula desde un palacio municipal o desde un partido político: también se define desde la conversación pública, desde las noticias, desde las ideas, desde la dignidad de nombrar los hechos. El Eco de Nayarit fue obra de la ambición intelectual de Manuel Sánchez Hidalgo y del inclaudicable tesón de Martín M. Sáizar: dos familias de Acaponeta que creyeron, contra todo pronóstico para un poblado de pocos habitantes, que un periódico merecía salir con puntualidad y sin erratas para registrar la memoria colectiva, esa filigrana que nos une a todos.
Aprendí muy pronto que una imprenta es un lugar con geografía propia. Tiene su cielo de cajas altas, donde habitan las mayúsculas; tiene su tierra firme de cajas bajas, donde descansan —más numerosas— las minúsculas. Tiene sus vitelas, sus cuadratines, la aspereza y solidez de plomo. Tiene un ritmo: el de la rueda, el del pedal que —en mi infancia— bajaba y subía marcando las horas. Y tiene un olor que nunca más volví a encontrar en ningún otro lugar del mundo: el olor mezclado de tinta fresca, de papel recién cortado, de petróleo y de metal caliente.
Quien creció allí sabe que ese olor es el olor de la verdad impresa. En la imprenta se cazaban las erratas con un cuidado casi religioso. Don Martín, mi abuelo, solía decir que una errata era una falta al lector, y que el lector, aunque no reclame, siempre reprocha. La tarde anterior a la salida del periódico, las planas se leían en voz alta, línea por línea, entre dos personas: una con la pluma, otra con el original.
Yo era pequeña y, sin embargo, ya entendía que aquel ritual era la búsqueda del oficio y de la perfección. La palabra bien escrita es, también, una forma de la justicia. Una errata es el testigo espurio de la negligencia, que hay que evitar a toda costa.
Es por eso que me conmueve especialmente que sea José Ricardo Morales Sánchez Hidalgo, nieto del fundador, quien convoque hoy a este acto. Los mismos apellidos Sánchez Hidalgo y Sáizar en una conversación incesante. Otra generación mirándose en un espejo de tinta. Gracias, Pepe, por cerrar ese círculo y abrir uno nuevo.
En la imprenta de don Martín —luego de don Toño y hoy de Toño—, el mundo llegaba en forma de letra de plomo. Antes de saber leer, yo ya tocaba las palabras. Aprendí a limpiar con petróleo los ojitos de las letras, a acomodar los tipos, a doblar el papel. Allí supe que el lenguaje exige cuidado, paciencia, disciplina, pasión. Allí empezó todo para mí.
Una de las historias que más me gusta repetir es la de un muchacho que decidió ir a buscar a su familia a una colonia incierta de los suburbios de Los Ángeles, California. —¿Pero tienes la dirección de tu primo? —le preguntaban. —No —respondía—, pero lo voy a encontrar. Y un día emprendió el viaje en autobús. Después de cuarenta y ocho horas, se apeó en uno de los condados de Los Ángeles, se fajó los pantalones y empezó a caminar voceando: «¡El Eco de Nayarit! ¡El Eco!».Desde una terraza se asomó el primo, que también había sido voceador del periódico en Acaponeta y que había reconocido el grito con el que los niños de este pueblo anunciaban el bisemanario. Llorando, se abrazaron. Yo no fui voceadora: yo limpiaba tipos y corregía planas.
Y en esa imprenta ocurrieron para mí varios momentos epifánicos. Allí mi abuelo me enseñó la materialidad de la palabra, su peso, su estructura. Y allí me presentó a quien habría de marcar mi vida. Aún recuerdo aquella tarde, poco antes de la inundación de septiembre de 1968, cuando entró a la imprenta un hombre altísimo, con camisa blanca de manga corta, pantalón color crema y lentes de carey oscuro, con la elegancia que lo distinguió siempre. Mi abuelo, después de saludarlo, se dirigió a mí, pronunciando una frase que me abrió el futuro: —Mira, mijita, este hombre es poeta, escribe y hace libros.

Vi, entonces, extenderse hacia mí una mano inmensa de dedos largos, mientras decía: —Soy Alí Chumacero, poeta y editor; hago libros y me pagan por leer. Trabajo en el Fondo de Cultura Económica. Hay frases que, al escucharlas, ordenan una vida. En ese instante, decidí que yo también quería que me pagaran por leer y vivir de hacer libros. Decidí que, de grande, iba a trabajar en el Fondo de Cultura Económica.Entendí, sin saber nombrarlo todavía, que el lugar donde yo quería vivir estaba hecho de palabras. Treinta y dos años después, en un pasillo de las oficinas del Fondo, el maestro Chumacero recordó aquel encuentro y dijo, con una media sonrisa: —La directora Sáizar, desde chiquita, ya sabía que iba a trabajar en el Fondo: yo se lo prometí cuando la conocí. Lo dijo con la complicidad de la memoria compartida. Lo dijo porque él sabía que aquí, en Acaponeta, un poeta le había prometido a una niña que podía vivir de leer. Él cumplió. Yo también.
Acaponeta es la ciudad de la palabra y la belleza. Hogar de las legendarias hermanas Díaz Tejeda. Blanca puso el nombre en el mapa con su triunfo en el certamen Señorita México 1979; Perla, con su amor contagioso por esta tierra, continúa con la cartografía del asombro: invita a todos a visitar «la ciudad de las gardenias» y gestiona proyectos como el Teatro «Juan Francisco Ealy Ortiz».
Si Alí Chumacero hizo visible la grandeza de Acaponeta en la república de las letras, Blanca Díaz Tejeda inscribió el nombre en el reino de la estética. Para mí, además, es imposible dejar de mencionar, con el orgullo de la sangre y de la admiración, a la mujer más hermosa de la historia de esta tierra —con perdón de todas las igualmente hermosas—: mi amadísima tía Raquel Sáizar de Velarde, belleza hecha porte, inteligencia y fascinación. A mi tía Raquel le debo mi vida en Tepic. Cuando salí de aquí a los catorce años, me abrió su casa y fue mi segunda madre. Me enseñó la disciplina, la contención y el valor del esfuerzo. Bajo su mirada, aprendí una forma de orden que no había conocido antes: la del silencio alrededor del libro. Mi tía Raquel entendía que una lectora necesita un tiempo que no sea interrumpido, y me lo regaló con cariño infinito.
En ese tiempo leí, con quince años recién cumplidos, los libros que me formaron. Allí empecé a subrayar —mal al principio, con exceso, como se subraya al comienzo— los párrafos que me acompañarían siempre. Allí entendí que una casa puede ser, en sí misma, una educación. Y allí supe, sin que nadie me lo dijera, que cada decisión que tomaba iba formando a la persona que hoy tienen frente a ustedes. Fue en ese domicilio de Gustavo Baz número 5, donde leí por primera vez a Virginia Woolf. Una frase suya fue para mí un mandato: «Una mujer debe tener dinero y una habitación propia». Yo, al leer esas líneas, aún no tenía ninguna de las dos cosas. Mi habitación propia era entonces una habitación compartida con una de mis primas, el buró al lado de mi cama y la cajuela de un coche.
Dos años después empecé a trabajar en El Observador de Nayarit, en la construcción de mi independencia y de una biblioteca propia. Crecí entre esas dos soberanías: la de la palabra y la de la belleza. Fui una niña ajena a la realidad inmediata, huraña, malhumorada, obsesionada con el futuro, incapaz de entregarse del todo a los juegos de la calle. Mientras otros corrían, yo ampliaba el mundo por medio del lenguaje.
Perla, por cierto, me recordó recientemente que le asombraba que yo no saliera a jugar hasta no haber aprendido cinco palabras nuevas, todos los días. Cuando me lo dijo, pensé: claro. Cómo no iba a ser así. Mi manera de descifrar el mundo fue aprender a nombrarlo.
Hoy pienso en mis padres, que me dejaron soñar más allá del horizonte visible; que nunca reprocharon mis excentricidades; que acompañaron siempre mis deseos. A mi padre le debo el encuentro con mi vocación; a mi madre, la persistencia en las decisiones. En muchas entrevistas me han formulado una pregunta de manera recurrente: quién soy, cómo me defino.
Y hace tiempo entendí, por una lección de Emma Godoy, que hay que ser muy cuidadosos con las palabras que aceptamos como definición personal. Cuando cursaba el cuarto año de primaria, salí a jugar a la calle Allende y me encontré con una amiga de mi tía Bruni, Margolis Algarín. La pelota que yo recién había pateado se fue hacia donde ella estaba; la recogió y, al devolvérmela, me dijo: —Oye, Chelito, el otro día alguien me comentó que eres muy aplicada. Vas a ver que vas a llegar muy lejos. Nunca supe por qué lo dijo, ni con quién lo había comentado. Pero no lo he olvidado jamás. Cuando he tenido dudas, cuando la dureza de la vida pública ha puesto a prueba hasta los cimientos, cuando la incertidumbre ha querido instalarse en mí, he recordado aquella frase. Y, al recordarla, he sentido alivio. Y esperanza.
Otras palabras escuchadas en Acaponeta me acompañan cada mañana: las de Mayoli Herrera, mi amiga de la infancia que injustamente murió siendo una niña: «Mientras más duerme uno, más cansado despierta». Tal vez por eso duermo poco. Un recuerdo más de los aprendizajes en esta tierra es el de un poema cuyo título he olvidado, con una desmemoria que todavía me reprocho. Fue un texto que leyó el profesor Ley Mitre en una clase de tercero de secundaria, que me hizo sentir que mi obsesión por el lenguaje no era una rareza, sino un destino. No recuerdo el título. Apenas tres palabras: cáustico, viscoso y sórdido. Pero siento aún el sacudimiento de ese momento, y la certeza engendrada: las palabras eran mi casa, y yo podía habitarlas; eran mi piel, y podía vestirlas; eran mi mundo, y podía recorrerlas. Qué cosa tan misteriosa es un maestro: una expresión suya, un ejemplo, una recomendación pueden dar un giro a cada vida. La seño Conchita, por ejemplo, me enseñó la magia de una palabra: kiosko, con k. Sí, con k. La Real Academia Española recomienda escribirla con q y u, lo sé perfectamente, pero para mí será siempre con k. Porque kiosco con k es la palabra de este kiosco, el de Acaponeta: el que aparece en mis sueños, el que veo cuando cierro los ojos y quiero pensar en estas calles. Kiosco con k es Acaponeta entera contenida en una sola palabra. Y eso me lo enseñó la seño Conchita en una lección de ortografía.
Las palabras, cuando uno las escucha con atención, son lugares, emociones, promesa, sentido. Y qué es la infancia sino eso: escuchar a una constelación de personas que nos enseñan palabras, gestos y frases decisivas para articular los sueños, las ilusiones, para poder cumplirlos. Con mis maestros, con mis amigos, con mis tías, con mis abuelos y mis padres, aprendí que la vida no empieza cuando uno llega a las grandes ciudades o a las grandes universidades. La vida empieza cuando alguien, en el lugar donde nacimos, nos hace sentir que nuestra inteligencia, nuestra disciplina y nuestra constancia son el epicentro del futuro. Y ese futuro, en mi caso, empezó aquí.
Por eso, hoy quiero honrar a quienes pensaron con grandeza el alma de Acaponeta, y sirvieron a sus habitantes: al doctor Chan, médico certero y cálido, que le salvó la vida a mi hermana Laura; al doctor Castillo, fundador de la preparatoria; al señor Chávez, que tomaba fotografías con tal respeto que hacía sentir que uno posaba para la historia, y cuyo legado sigue en Néstor, el hijo que preserva la memoria en labor de cronista; a la señora Aurora Galvarriato, por transmitirnos el ser orgullosamente acaponetenses; a la señora Ofelia, que nos daba aventón a Ana Ledón y a mí cuando llevaba a Checo, su hijo, a la secundaria; a la señora Yolanda Alduenda de Quintero, por sus pájaros, su música y sus carcajadas; al profe Inocente Díaz, por la dulzura de su enseñanza para tocar la guitarra, y quien —supongo que solo para hacerme sentir bien— algún día me dijo que cantaba muy bonito, ¡a mí que soy la más desafinada del mundo!; a Lucila Hernández, la teacher que me dio el nivel de idioma para poder cursar un doctorado en Cambridge, a la señora Esperanza Mora, por el cariño y amabilidad hacia esa joven que siempre sintió habitar los márgenes.
Y me detengo aquí, para rendir un necesario homenaje a las mujeres de Acaponeta que supieron enfrentar con fiereza y valor la pérdida de los padres de sus hijos. Pienso en la señora Ofe Herrera de Chan, en las señoras Nelly Díaz de Casillas, Cuquita Infante de Bertrand, Carmen Díaz de Espinosa, Livier Tejeda de Díaz, Tina Domínguez de Blanco, que continuaron con la educación de su familia con serena dignidad al quedar viudas.
Acaponeta es ejemplo de mujeres gallardas y altivas, dignas y valientes, admirables y ejemplares. Pero también quiero pedir perdón. Pedir perdón a Tití Chan Herrera: pude haber sido más amable con ella, lo supe tras su muerte, y todos los días me lamento de mi descortesía, y la acompaño con mis oraciones. Pedir perdón a Cristina, mi compañera de primaria, a quien no supe acompañar en un momento de vulnerabilidad, cuando más necesitaba mi amistad. Pedir perdón a los que ofendí, a los que hice sentir incómodos.
Los años me enseñaron —tarde, como casi todo lo importante— que un pueblo también se mide por las ternuras que no supimos mostrar a tiempo, que no supimos reconocer o valorar. Por las sonrisas necesarias, el abrazo omitido, el acompañamiento en silencio. ¡Y, por otro lado, tenemos tanto para sentirnos orgullosos!
Estar aquí es honrar inevitablemente a Vladimir Cora, por su inmenso talento y por su obra, que ha dado al mundo el lenguaje visual de Acaponeta; a José Luis Fong-Choy por su ejemplar cosmopolitismo; a Tanya Vázquez, por su trayectoria artística; a Abigail Villalobos, por Así hablamos los de Acaponeta, el libro que le da dignidad lingüística a nuestras expresiones; a Néstor Chávez, por su admirable empeño en armar la memoria y el espejo de esta tierra; y a Pepe mismo, por documentar nuestra historia. Por supuesto a Guillermo Llanos, por haber iniciado el Festival Cultural de Nayarit, emblema de Acaponeta. Y a los jóvenes que empiezan a abrirse paso por el mundo, y a deslumbrar con sus éxitos, personalidad y talento, entre ellos Ernesto Aguiar Vaca y Antonio Sáizar Montellano, mi admirado sobrino.

Gracias también a quienes llenaron nuestra memoria de bondad: a don Nico Díaz, a Elba, su esposa, y a toda su familia, que nos albergaron en su casa durante la inundación de 1968. Su generosidad fue entonces tan grande como la tragedia que azotó la región. Solo los que estuvieron ese día contemplando la fuerza de la naturaleza pueden comprender la magnitud de mi agradecimiento. Mi deseo de nombrar a todos los que recuerdo con cariño, admiración y gratitud es más grande que mi memoria, que mi corazón, y excede el tiempo que me destinaron en esta ceremonia. Pero no quiero dejar de evocar un episodio fundamental para apreciar la grandeza moral de este pueblo. Hace algunos años, los hijos de una de mis mejores amigas, Haydeé Bertrand, sufrieron un accidente en el puente de Acaponeta al inicio de una Semana Santa. Haydeé estaba en Guadalajara; desesperada, en un traslado que le pareció infinito, viajó hacia el hospital, imaginando solos, heridos, sin nadie que cuidara de sus hijos. Al llegar, en medio de sus lágrimas, se encontró con una amiga, quien apenas se enteró del accidente, corrió a hacerse cargo de aquellos jóvenes a los que vagamente conocía: cuidó de ellos como si fueran sus propios hijos. «Sus brazos fueron los míos: no los dejó solos ni un momento, y me acompañó hasta que salieron del hospital», me dijo inmensamente agradecida. La mujer que estuvo allí, pendiente de cada detalle, fue Fabiola Espinosa Ponce, una de las personas más dulces, empáticas y generosas que conozco, amiga desde la infancia.
El tamaño de un pueblo se construye también con esos actos de generosidad instantánea, con esa clase de solidaridad que no delibera ni calcula, aquella que acude instintivamente. No idealizo nuestra vida: pueblo chico, infierno grande, dice el refrán. Y a veces, seamos claros, lo sabemos. Llegamos a padecerlo. Somos humanos, imperfectos. Pero somos de Acaponeta: somos los que comprendemos nuestras debilidades, los que nos acompañamos en el dolor, los que apoyamos en las tragedias, los que perdonamos las ofensas y celebramos los éxitos ajenos.
Son ustedes, los que viven aquí, los que reciben a los que nos fuimos como si nunca nos hubiéramos ido, como si aún tuviéramos nuestro domicilio aquí. Yo soy hija y obra de Acaponeta. Si alguna vez hice algo digno en la vida pública, se debe a que aquí aprendí un código ético indispensable y la entereza suficiente; si alguna vez defendí los libros con pasión, se debe a que aquí supe que la lectura era el vestíbulo de los sueños.
Si alguna vez contribuí a ensanchar el acceso a la cultura, se debe a que nací en un lugar donde la cultura es una forma de identidad. Si alguna vez tuve fuerza para sostener mis convicciones, se debe a que fui criada en un sitio donde se valora el esfuerzo, la honestidad, la congruencia. Tal vez Jung tenía razón solo a medias. No somos únicamente lo que nos sucedió; también decidimos nuestro ser con las cualidades y los dones que la vida nos entregó al nacer.
Es por eso que estoy convencida de que yo soy todo lo que me sucedió en Acaponeta: la imprenta, la inundación del 68, la mano inmensa de un poeta, una pelota que rueda y una voz que dice «eres bien aplicada», las conversaciones con la Chati — mi prima—, con Lilia Aguiar, con Esperancita Lizárraga; la dignidad y el valor inmenso de Lolina, mi hermana.
Y pude elegir mi forma de vida, elegir mi pasión. Elegir la lectura. Elegir la edición. Elegir el servicio público. Elegir la academia. Elegir amar a quien amo y decir su nombre con orgullo. Pero para lograrlo tuve que vivir en otra parte: aquí no había editoriales, no podía vivir de ser editora. Algunos, para cumplir nuestros sueños, debemos emprender el exilio. Afortunados los que los encuentran y los pueden hacer realidad en la tierra en que han nacido. Porque el migrante vive entre dos ajenidades: la del nuevo espacio y la del cielo que dejó.
Hoy, al volver, entiendo mejor algo que acaso siempre intuí: los homenajes verdaderos no exaltan, reintegran. No subrayan la distancia: devuelven al origen de una forma inédita. Ser invitada a un homenaje es volver al sitio donde todo empezó. Esta tarde no me están mirando solo a mí. Están mirando a los que fueron ustedes cuando crecíamos. Están mirando la niña que fui, a aquella que jugaba entre máquinas de impresión. A la que aprendía palabras antes de salir a jugar. A la que se sintió distinta desde muy temprano y que construyó en los libros su propio Aleph. A la que oyó a un poeta decir que le pagaban por leer y decidió, desde ese instante, persistir en esa revelación.
Hoy vuelvo para afirmar que en los libros he encontrado las palabras que han guiado mis días, conjurado mis demonios, certificado mis intuiciones, despejado mis dudas y dado aliento a mi profesión —que es, también, mi pasión—. Vuelvo para decir que esas palabras que mi abuelo me enseñó a componer, las que Alí Chumacero me regaló, las que encontré en Virginia Woolf, las que me dijo Margolis, las que me enseñó la seño Conchita, las que Mayoli me dejó sobre el sueño, y muchas más, las encontré en Acaponeta. Aquí encontré las palabras que me han sostenido; las que me han llevado por el mundo; las que hoy me han devuelto aquí.
Hay que inventar la vida, porque acaba siendo verdad. Ana María Matute. Yo, desde niña, inventé una vida hecha de libros. Y esa vida ha acabado siendo verdad. Vivo —cito a Patricia Reyes-Spíndola— como me soñé. Cierro los ojos de nuevo. Y siento los brazos de mi madre. Y escucho la máquina de escribir de mi padre. Y los ruidos de la imprenta y los gritos de los voceadores. Y vuelvo a tomar la bandera para recorrer las calles de Acaponeta. Y voy por un raspado de fresa con leche, por un vaso de agua de nanchi y por unos churros. Y entiendo que yo no me he ido nunca del todo de aquí. He vivido en muchos otros sitios. Pero mi vida onírica sigue ocurriendo en Acaponeta.
Porque la verdadera patria no siempre es el territorio que se habita: es también el espacio de los sueños; es una memoria compartida; son los mismos nombres dichos por más de una voz; los olores y los sabores que inundan de nostalgia; la inundación que vivimos juntos; el orden de las calles; las canciones y los ruidos. Esa patria es una comunidad que acompaña a la distancia y vela por los cercanos; la que acude, la que perdona; la que reconoce al que vuelve, aunque haya tardado medio siglo.
.jpg)
Es a veces una serie de nombres dichos con amor —los de los maestros inolvidables, los de las amigas aún presentes, los de las viudas admirablemente erguidas, los de los niños que no supimos rescatar o que la vida nos impidió salvar—. A veces esa emoción cabe entera en una palabra escrita con k. A veces está albergada en el olor de una gardenia. Yo llevo mi Acaponeta conmigo: entrañable, ubicua, eterna. No ocupa espacio en la maleta. La invoco cuando quiero ser feliz, tan feliz como lo soy ahora al pronunciar estas palabras en este sitio, adivinando el cariño, los ojos y el corazón de mi madre en ustedes. Gracias. Muchas gracias. Eternamente gracias.