lunes, 20 de abril de 2009

YO TAMBIEN CONOCÍ A DON MÁRGARO GUERRA

Por: Maria Lourdes De Haro Reyna
segunda de cinco partes (2/5)
Don Márgaro acostumbraba comer, o cenar, alrededor de las 5 de la tarde, entonces iba con mi mamá y le decía: chata, préstame a la Lourdes pa’ que me cuide el puesto. Y allá iba yo con la seriedad que el cargo merecía, escuchando las recomendaciones del señor: mira, tienes que gritar pa’ que la gente sepas que s’tás a’i. Te subes al banco pa’ despachar. Si te da sed, te puedes tomar un vaso de agua de los grandes. A nadie le fíes, aunque te digan que yo dije. Si mi madre viene, ni a ella le fíes aunque la veas más seca que un palo de cirgüela en tiempo de secas. A su regreso y ya cumplida mi tarea, según el estimara, me pagaba una peseta de la balanza 25 centavos pa’ comprar una vaca, o un tostón, 50 centavos pa’ comprar un rancho según me decía. Si acaso sólo le ayudaba a meter sus enseres, me daba un veinte, 20 centavos, pa’ que me fuera aunque sea a Tecuala a comerme un coco. En una ocasión con motivo de las fiestas de Huajicori, me dejó el puesto todo el día, pues iba a irse por la noche a pie de Acaponeta a Huajicori como acostumbra mucha gente y quizás regresaba hasta por la tarde. Cuando le entregué cuentas, sólo se quedó con el dinero suficiente para comprar lo necesario para el día siguiente y la “venta” dijo, me pertenecía pues yo lo había trabajado. Mientras hacíamos cuentas pregunté cómo le había ido y me contó algunas peripecias del viaje. Fíjate Lourdes que agarramos camino a buena hora; nos fuimos como a las 11 de la noche, pero como estaba rete oscuro, yo prendí mi cachimba pero ándale que se acaba el petróleo y como iba mero adelante yo sólo, pos ni quien me alumbrara el camino. Entonces me puse a esperar a los demás y en eso que siento algo junto a mí y al voltear que veo como dos brasas prendidas y luego que me cae encima un tigrillo. Me alcance a zafar y le pegué con la cachimba, no pos como iba con el hocico abierto que se traga la mecha del aparato y luego estaba enojado el animal, pos más le brillaban los ojos; entonces que lo envuelvo en la “gavilana” (cobija) que llevaba pa’ taparme y ya sabrás que más y más se enojaba “el gatillo” pos más le brillaban los ojos. Allí me senté a esperar a los otros y nada que pasaba nadie y yo ya veía bien claro, hasta que caí en la cuenta de que eran los ojos del canijo animal que alumbraban de tal modo como si hubiera salido el sol y ya después las gentes me platicaron que ya no siguieron caminando a alcanzarme porque creyeron que estaba ardiendo el monte, nomas pa’ que te imagines como echaba chispas por los ojos el condenado animal de tan enojado que estaba.

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