lunes, 2 de julio de 2012

COLUMNA HUESPED...2012: HABLEMOS DE LANGOSTAS




Por: Carlos Ramírez
Indicador Político

EL PRI recuperó la presidencia, pero… Independientemente de quien haya ganado las elecciones presidenciales, el verdadero problema político de México radica en el dilema de ahogarse en los particularismos o de veras optar por el modelo de la ruptura democrática.


La única agenda viable será la que parte del hecho de que el proyecto nacional de desarrollo, el consenso de la Revolución Mexicana y el pacto constitucional vigentes apenas darían para transcurrir otro sexenio en la mediocridad como nación, en la versión mexicana del Dr. Panglós del mejor de los mundos posibles y no del deseable.
Lo que viene a partir de hoy es la verdadera gran decisión nacional: el camino de la transición frustrada de Rusia con el retorno de los brujos del pasado o el camino de la transición exitosa de España con una ruptura democrática basada en un nuevo consenso, un nuevo modelo de desarrollo y un nuevo pacto constitucional.

Carlos Ramírez
 La agenda de la transición requiere el rediseño institucional del país, la reformulación de la estructura de producción y la reorganización de la tarea del Estado. Esta remodelación de la república no necesita saber quién ganó las elecciones sino si el que las ganó está dispuesto a convertirse en el Adolfo Suárez de la transición mexicana, en el líder del nuevo ciclo nacional.

Lo que está en colapso es la república priísta. Los dos sexenios de gobierno panista se hicieron sobre las bases del periodo neoliberal del priísmo. De ahí que el PAN no haya tenido demasiado problema en lograr la alternancia partidista en la presidencia de la república, porque en el ciclo tecnocrático del PRI, de 1982 al 2000, la salida de emergencia de la crisis populista fue el programa conservador del FMI y el Banco Mundial que coincidía con la propuesta del PAN.
En doce años el PAN le dio prioridad a la estabilidad macroeconómica, aún en medio de la severa crisis de 2008-2009, con resultados que siguen asombrando a los técnicos del FMI, pero con un costo social y productivo similar a los tropiezos pasados en el ritmo de crecimiento económico.

Lo que le ha dado prolongación a los ciclos PRI-PAN en la presidencia de la república ha sido la continuidad del pensamiento económico estabilizador; Vicente Fox nombró secretario de Hacienda a Francisco Gil Díaz, economista formado en la Universidad de Chicago del conservadurismo neoliberal, en la que el eje ideológico fue el neoliberalismo de Milton Friedman; más aún, Gil fue profesor adjunto de Friedman. Y Felipe Calderón designó secretario de Hacienda a Agustín Carstens, subdirector-gerente del Fondo Monetario Internacional.

Con la estrategia económica y de desarrollo en manos de figuras destacadas del neoliberalismo económico, la viabilidad del PAN se estrechó al dilema de estabilidad macroeconómica o gasto social; del otro lado, sin embargo, el PRI y el PRD ni siquiera se preocuparon por abrir un debate en esos términos por la sencilla razón de que el PRI sigue manteniendo la política económica neoliberal de Carlos Salinas de Gortari y el PRD reduce su neopopulismo a programas asistencialistas de corto plazo pero sin romper con la disciplina de estabilidad de las cifras macroeconómicas.

El verdadero dilema de México no radicó en optar por tres opciones partidistas que representaban la misma política económica del priísmo neoliberal sino en saber si alguna fuerza política, social, moral, económica e intelectual hubiera sido capaz de abrir el debate sobre el hecho de que la única alternativa estaba en una nueva propuesta de desarrollo, basada en un pensamiento crítico al neoliberalismo. Y se equivocaron quienes pensaron en Keynes porque el economista inglés no promovió una estrategia de desarrollo sino que aconsejó aumentar el gasto público en un mercado más racional que el actual para que el gasto se convirtiera en demanda, la demanda se transformara en oferta y la oferta reactivara el mercado interno.

La ruptura democrática del modelo de desarrollo implica una tarea de búsqueda de un nuevo consenso social para salir de los candados que colocó el PRI al modelo de desarrollo, que logró mantenerlos en el ciclo populista y que se convirtieron en doctrina en el periodo neoliberal priísta y que la alternancia panista eludió cualquier intención de abrirlos. El sexenio 2012-2018 será el de la reactivación de la lucha política entre los liderazgos caudillistas de las tres partidistas o puede ser el de la construcción de un nuevo consenso que facilite los cambios en el desarrollo.

La verdad es que no importa saber quién ganó la elección de ayer; el verdadero debate debe darse en función de la urgencia de una movilización social a favor de una ruptura democrática para replantear el modelo de desarrollo o de agotar el impulso social en el conformismo de que un país crece como puede, no como quiere o necesita. Los dos sexenios panistas demostraron la acumulación de rezagos sociales en empleo, bienestar, calidad social, pobreza y marginación por la decisión de mantener la línea de la estabilidad macroeconómica.

La clave de las posibilidades de encontrarle salidas a la crisis y al estancamiento se localiza en la construcción de un nuevo consenso nacional, un nuevo acuerdo político y social a favor de un nuevo proyecto nacional de desarrollo y su correlativa política económica. Mantener otro sexenio de control macroeconómico puede satisfacer al FMI, pero ampliará el margen de bienestar-pobreza que ha sido la tónica desde los años setenta, lo mismo en el populismo que en el neoliberalismo.
De ahí que lo menos importante es saber quién ganó las elecciones, sino si habrá o no un debate sobre la agenda del desarrollo que lamentablemente está ausente en los partidos y sus candidatos. Si el país no rompe en los hechos el dilema continuismo-restauración, vendrán otros seis años de más de lo mismo.

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