jueves, 22 de marzo de 2012

RECORDANDO A DON DAVID FUENTES



Por: Carlos Humberto Fuentes López
(Primera Parte)
INTRODUCCIÓN
       Don David Fuentes Osuna, mi padre, nació en Huajicori, Nayarit; allí vivió toda su infancia y se inició en la pubertad, pues al perder a su padre, entre los 9 y 10 años de edad, la abuela Brígida lo envió a casa de su padrino Don Francisco, quien vivía en el poblado de Pánuco, municipio de Villa Unión, Sinaloa, él era un hombre que sabía hacer de todo: desde carpintería hasta fundición, vaciado de metales, mecánica y herrería. Tenía instalado su propio taller múltiple, y prestaba sus servicios a la comunidad y a toda la región.

       Mi padre fue muy afortunado al contar con el apoyo desinteresado de un hombre que lo aceptó como un hijo y le transmitió sus conocimientos y habilidades, logrando hacer de él un hombre de provecho: responsable, trabajador y honrado.
       En su nuevo hogar tuvo todo el apoyo necesario para aprender varios oficios con qué ganarse la vida y desarrollar su talento natural. Sin embargo, y como es de suponer, en una tierra extraña sin familiares, sin más conocidos que su padrino a quien no había visto jamás, y si acaso fue una vez sería en el bautizo, con la muerte reciente de su padre, la falta de afecto de su madre y sin la compañía de sus hermanos, los primeros años la tuvo que pasar muy triste y solitario. Pero logró superar la crisis y fortaleciendo su carácter se abrió paso en su nuevo ambiente, hasta forjarse en todo un hombre a muy temprana edad.
       Y a pesar de haber sido proscrito de su hogar materno, continuamente mandaba sus remesas, apoyos económicos para toda la familia, considerando que por ser él el mayor estaba obligado a darle la mano a su madre para la manutención de todos sus hermanos.
       Este sentimiento comprometido por el agradecimiento a su madre, lo llevó a velar por ella y estar pendiente de sus necesidades por toda la vida. Aún recuerdo, que cuando vivíamos en el mineral del Tigre, cada quince días recibíamos al primo Teódulo Gurrola, que en un burro llegaba para llevarle la despensa a la abuela, hasta Huajicori. A mí me tocó algunas veces ir a la tienda de Don Juan Pérez para llevarle las indicaciones de mi madre para que le surtiera el mandado. Pero no creo que esta ayuda se haya iniciado desde que yo tengo memoria; posiblemente ésta fue una práctica permanente que mi padre se impuso para apoyar a su familia.
       En ese tiempo nosotros no entendíamos que aquella despensa de la abuela significara un buen desembolso para mi padre, por eso le pedíamos a mi primo que nos visitara más seguido, para jugar con él y mandarle mandado y dinero a la abuela.
       Sus hermanos fueron:
       María Inés, Petra, Encarnación, Carmen, Domitila y Ramona: sus hermanos carnales.
       Después de enviudar la abuela Brígida se unió con Rafael Rúelas, apodado “El Rúelas”, y de esta unión nació Teresa Rúelas, la menor de todas; fue su media hermana.
        Como Rafael trabajaba de panteonero en el pueblo, y además de flojo y desobligado, era muy borracho, en una ocasión que estaba cavando una tumba y tomando, salió de pleito con sus compañeros de parranda por lo que, uno de ellos, le pegó con una pala en la cabeza, y a consecuencias de esto, él murió poco tiempo después.
       LA FAMILIA FUENTES OSUNA, tiene la siguiente relación de parentescos cercanos, en el siguiente orden:
       Abuela: (La mamá de mi papá)
        Brígida Osuna Patrón. Mujer morena de hermosos ojos aceitunados, hacendosa, de mucho trabajo, luchadora, hospitalaria y abuela consentidora. En su casa vivimos algunos años, antes y después de la huelga de los mineros del mineral del Tigre. En su casa hospedaba y daba asistencia a la gente de diferentes partes del noreste de la república, quienes iban cada año a las fiestas de Huajicori. Y todas las noches ponía su vendimia de cena junto a la plaza del pueblo y frente a la iglesia. A mí me tocó, muchas veces, llevarle todo lo necesario para instalar su mercado rodante. Donde vendía toda clase de antojitos mexicanos.
       Nació un día 7 de octubre de 1887, en la ciudad de Huajicori, Nayarit. Murió a la edad de 85 años en la ciudad de Acaponeta.
       Ella nos contaba que en una época de su vida, viviendo en su propia casa, con sus padres, una de esas noches oscuras, sin luna, mirando hacia el Norte, y con un cielo despejado, se observaban muchos resplandores tenues de diferentes colores, y que su padre les comentaba que era la Aurora Boreal: un fenómeno producido por las radiaciones solares, al penetrar a la atmósfera.
       En otra ocasión nos contó, que tras las hornillas de la cocina de su casa, en algunas noches, de lejos se miraba un resplandor como si la leña o las brazas estuvieran ardiendo, pero que al acercarse se desvanecía la luz. Que esto era signo de que había un tesoro enterrado en el piso. El tío Maclovio, como era medio ambicioso, le propuso escarbar; pero que él de inmediato tomaría su parte. Así que ella jamás permitió que nadie escarbara su cocina, hasta que el fenómeno poco a poco desapareció. La gente dice que esto pasa cuando en torno al tesoro ronda la envidia, y que entonces el diablo se apodera de él. Será esto cierto, o no, pero a nosotros nos encantaba escuchar estas historias de tesoros enterrados, de aparecidos y hasta de diablos; y mi abuela conocía muchas.
       Sus hermanos:
       Manuela (Rubia de ojos azules), Maclovio (Casado con una cora de nombre Eugenia: Geña, para nosotros, así le decíamos cariñosamente), Enriqueta (Morena de ojos verdes, viuda de un General del Ejército Federal), Alfredo (Blanco de ojos azules, siempre vivió soltero y nos visitaba mucho).
       Es el tío Alfredo, el narrador de cuentos, creo que de él adquirí el gusto por la narración y la escritura. Mis hermanos y yo lo esperábamos, cada temporada de verano en los minerales donde vivíamos, para escuchar sus historias y sus fabulosos cuentos…
       A mi padre y a mí, el tío Alfredo, nos prefería mucho y mi mamá y toda la familia se encelaban, porque algunas veces que pasaba por la casa, de regreso del monte a donde iba a recoger nanchis silvestres, nos dejaba en un vaso un puñado de este fruto, diciéndole a mi mamá:   
      –Ñoño, aquí te dejo esto para que les hagas unas aguas frescas a David y a mi “Dientito Castigador”.
       Él me decía así porque yo traía un casquillo y una corona de oro en los dientes superiores de enfrente, para cubrir unas caries. Mi madre se molestaba con él porque sólo dejaba lo justo para dos vasos y discriminaba a los demás miembros de la familia. Y aunque aquello parecía una provocación, el dejarnos este regalo, aún así de modesto, ello representaba un gran sacrificio para el tío, pues él vivía de lo que sacaba por la venta de aquella mísera pepena.
       Felipe: El tío Felipe era dueño de una carnicería en Huajicori; en la época de la revolución lo asesinaron los Federales, sólo porque decidió regalar la carne a sus clientes, cuando fueron a exigirle que vendiera la carne de su abasto al mismo precio que un competidor influyente.
       Antonio: Otro hermano de la abuela, fue también un hombre de mucho carácter: fue campesino y ganadero.
       Todos estos tíos eran hombres bragados, colmados de valor civil y de
una gran generosidad: hombres de buena crianza. 
       Donaciana y Félix: (La tía Félix), fueron sus medias hermanas; nacidas de una unión libre de su padre, anterior al matrimonio con doña Francisca (La mamá de la abuela Brígida).
       Félix, fue la mamá del tío Marcos Medina, del tío Odilón, Anita, Antonieta y Gregoria (Goyita).
       El tío Marcos se casó con la tía Petra Salas, originaria del poblado de las Estancias, municipio de Huajicori, Nayarit; hija de doña Anita Partida, muy amante de buscar relaciones (tesoros); por cierto que algunas veces yo la acompañé a escarbar por las noches, cuando era adolescente.
       Hijos del tío Marcos:
       José Ángel, Rodrigo (Higo) y María (Quita). Con estos primos tuvimos mucha convivencia en nuestra infancia, pues mi tío Marcos compró la casa vecina de la nuestra, en Acaponeta.
       Y cuando estaban en auge los minerales del Tigre y el Limón, el tío Marcos y su familia vivían en el rancho de las “Piedras Gordas”, casi al empezar los llanos de “Caramota”, como a medio camino entre Huajicori y el Tigre. Muchas veces llegamos de paso a visitarlos, ya fuera de ida o de regreso de la cabecera Municipal. Y cuando recorríamos esa ruta siempre llegábamos a bañarnos en el arroyo del “Gejito” y a almorzar en el arroyo del “Agua Caliente”.
       Como siempre que salíamos iba toda la familia, mis padres nos montaban en un burro, dentro de unas cajas grandes de madera, creo que eran empaques de latas de petróleo. En una ocasión encontramos por el camino a un señor que, viendo los cajones, nos preguntó con mucha curiosidad:
       –¡Oiga, señor!... ¿Qué venden? –y como a mi madre no le agradó para nada la pregunta, y siendo muy hábil para los sarcasmos, le respondió de inmediato:
       –¡Muchachos! ¿Cuántos quiere? –el sólo soltó la carcajada, agachó la cabeza y continuó su camino. Y nosotros también nos empezamos a reír, celebrando aquel incidente del camino.
(Continuará...)

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