domingo, 20 de agosto de 2023
FUNDACIÓN DE TEPIC COMO LA PRIMERA COMPOSTELA Y PRIMERA CAPITAL DEL REINO DE NUEVA GALICIA
sábado, 19 de agosto de 2023
DE CHILE, DE DULCE Y DE MANTECA
Por:
José Ricardo Morales y Sánchez Hidalgo
DE CHILE: Uno de los grandes males o circunstancias negativas que tienen los gobiernos de Acaponeta —que en realidad es algo que sucede a nivel nacional— es que no hay continuidad de un gobierno a otro. Me explico: cuando el gobierno “X” hace una buena o incluso magnífica obra, el que lo sucede, ya no le da seguimiento. Simplemente lo olvida.
Más claro con un ejemplo conciso. Durante el gobierno municipal de Malaquías Aguiar Flores, aquí en Acaponeta, se tuvo la buena idea de sanear al arroyo de “La Viejita”, que en verdad estaba contaminado y sufría del embate de la ciudad como padecen todos los ríos o arroyos que atraviesan una zona urbana. Los problemas eran muchos: cárcamos de bombeo que no funcionaban, descargas de aguas negras directas al arroyo, limpieza del talud del arroyo, acordar con los botaneros mayor sanidad, fugas del drenaje, mantenimiento a la laguna de oxidación del rastro, etc.
Al principio de los trabajos se detectaron unos siete u ocho puntos críticos que poco a poco se fueron solucionando. Al final del trienio, ya se había relacionado y en la gran mayoría de los casos solucionado más de 40, y el resultado fue un arroyo saneado con posibilidades de convertir —si se le daba seguimiento a esta labor— en un bonito paseo y un arroyo sano. Sin embargo, entró el nuevo ayuntamiento encabezado por el finado “Beyto” Arellano y a esa tarea nadie la peló y transcurrieron cuatro años en los que nada se hizo al respecto y el arroyuelo volvió a decaer.
Ahora, la actual administración municipal vuelve a retomar esa idea, pero lamentablemente es volver a comenzar. Es como si de nuevo se escribiera el Génesis, surgieran otra vez Adán y Eva, así la vida se renueva de cero. ¡Qué lástima y qué tontería! Porque se duplican las erogaciones para esos quehaceres; el esfuerzo hecho, se arroja impunemente a la basura. Todos los candidatos o aspirantes les gritan a los votantes, que México es primero, que tienen a Nayarit como prioridad, que Acaponeta bla, bla, bla. Pero cuando se trata de sumar, se fijan en el color del “adversario”, vienen los malos recuerdos de agravios pasados, lo toman como una oportunidad de revancha y al final, queda como prioridad el partido o los pleitos personales y de un plumazo, echan a la basura lo que hizo el que sale, aunque sea algo muy bueno o trascendental y se olvidan de sus promesas y “buenos deseos”, retrasando el avance y dilapidando recursos.
Cuando, los que siguen, le dan continuidad a las obras o acciones de gobierno, estas se notan y cobran importancia, así el país, el estado o el municipio avanzan. Recuerdo cuando en Acaponeta, siendo presidente municipal Don José Chávez Rodríguez, el estimado “Joselillo” adoquinó todo alrededor de la plaza “Miguel Hidalgo”, así como la callecita “Gral. Ramón Corona”, obra que todos aplaudimos; los presidentes que siguieron: Enrique Jiménez, Santos Díaz, Efraín Arellano, Saulo Lora, Malaquías Aguiar, creo que también Beyto Arellano y ahora Manuel Salcedo, han ido adoquinando otras calles o avenidas y el rostro de la ciudad cambió.
Todos dieron seguimiento a una obra de beneficio común. De acuerdo con esto, se me ocurre, que viendo la actual situación en que se encuentra el palacio municipal de Acaponeta, si no en ruinas, sí con un franco deterioro, creo que sería bueno que este gobierno o el que viene, decidieran meterle mano a la vieja casona de la calle Morelos, inmueble que comenzó a construirse en 1903 para ser inaugurada en 1910 con motivo del primer centenario del inicio de la independencia de México. Es decir, ese edificio tiene ya 113 años desde su apertura, y salvo algunas reparaciones menores, no se ha hecho gran labor a su favor. Sabemos que el magro presupuesto que llega al municipio es muy pobre y casi todo se va en sueldos y salarios, por lo que se hace necesario gestionar recursos de otros lados e iniciar un proceso de rehabilitación total y profundo, que requerirá que los futuros ayuntamientos le den seguimiento y se sumen a tan necesaria labor. Dirían en el teatro: ¡primera llamada!
DE DULCE: Marcelo Ebrard Casaubón de un plumazo le quitó lo aburrido y terriblemente tedioso a la campaña que por cierto no es campaña de los candidatos a la presidencia de la república, que no son candidatos y que despectivamente AMLO les llama “corcholatas”.
El “carnal” Marcelo, saliéndose un poco —o un mucho— del huacal del presidente acusa a la Sheinbaum de acarrear gente, utilizar recursos públicos para su lambiscona campaña y otros actos ilegales que no respetan el acuerdo que les entregó el propio presidente. Esto por supuesto no le va a gustar al dueño de palacio nacional y Ebrard, en estos momentos está en la cuerda floja por meterse abiertamente contra la “delfín” de Andrés Manuel, porque, además, les echó a perder el rollo de la selección de las encuestadoras, lo que puso a Morena de cabeza en tan solo 48 horas.
Se puede producir un cisma de proporciones catastróficas para el partido del ojitos de sapo pisado, Mario Delgado, lo que vendría a cambiar totalmente el panorama político que hoy se tiene. De hecho, esta semana se presentaron hechos interesantes, como, “la liguilla” del Frente Amplio por México, integrado por esa triada imposible del PRI, PAN y PRD, que dejó tendido en el camino a Enrique de la Madrid. Siento que el pase de Beatriz Paredes, priista connotada de toda la vida, afecta sobre manera a Xóchitl Gálvez, pues eso ocasionará que el tricolor le meta todas las ganas a su finalista, porque finalmente la presidencia es la presidencia y si hay que llevarse entre las patas de los caballos a los demás, ¡venga! y más teniendo un presidente del partido impresentable como es al transa Alito Moreno, quien para salvar un pellejo ya muy comprometido es capaz de sacrificar a la hidalguense y entregar en bandeja de plata a Andrés Manuel, la cabeza de Xóchitl.
Ya Paredes Rangel, está
mandando mensajes subliminales que son un dardo directo a Xóchitl. El PAN, no
sé si en verdad considera a la Gálvez como verdadera panista y se vaya con todo
a favor de Santiago Creel, lo que dejaría a la senadora indígena chiflando en
la loma. Se puso bueno este reality show,
mejor que el bodrio ese de la Casa de los
Famosos.
DE MANTECA: La verdad, me confundieron, me engañaron como al pueblo sabio y bueno. Lo que voy a expresar aquí, lo hago con reservas, porque en realidad no sé si efectivamente es como me lo contaron, sin embargo, por el resultado que se dio, sí es la neta.
Foto de Sonia Galindo
Hay que recordar que
este hermoso y funcional inmueble, fue
construido en 1903 por la compañía norteamericana Western Pacific, Co.; que
posteriormente pasó a ser el muy mencionado Ferrocarril Sud Pacífico. Sin
embargo, en 1937 un fuerte incendio dejó en las puras cenizas a la estación,
misma que volvieron a levantar, y con el paso de los muchos años, tuvo un
deterioro tal, que daba lástima ver aquello que se convirtió en refugio de
miles y miles de murciélagos o “chinacates”
como les llaman por acá.
Así que cuando comenzaron a restaurar la vieja estación, muchos nos alegramos. Hay que decirlo como fue, dejaron la edificación en magníficas condiciones. Hay una foto muy buena, de la artista de la lente Sonia Galindo, que hizo de la estación ferroviaria por la noche, profusamente iluminada y que da buena idea de cómo terminaron las reparaciones. Sin embargo, la alegría se fue directito al carajo como dice YSQ.
Extraordinaria foto de Sonia Galindo
Pues el
ferrocarril de pasajeros nunca regresó, la estación no se ocupó en nada y, una
vez más, el tiempo transcurrió y como es el gran destructor, la construcción
volvió a decaer y, para colmo, el trinche huracán “Roslyn” del año pasado,
acabó de darle en la maraca. Al ver tal desaguisado, tardíamente me pregunté:
¿por qué y para qué hicieron esta rehabilitación?

El huracán "Roslyn" se llevó el techo de lámina en 2022
Preguntando aquí, preguntando allá, me enteré, y, como dije al principio, sin la seguridad de que así haya sido, me explicaron que personas preocupadas por el estado de la vieja estación recurrieron a una reconocida dama acaponetense, casada con poderoso personajes de la vida nacional, y le pidieron que solicitara a su esposo, para que moviera sus influencias y se hiciera la renovación del inmueble, cosa, que, me informan, así se hizo y se logró. ¡Qué bueno! Exclamé yo, pero ¡Qué malo!
¿Por qué no nos avisaron? ¿No hubiera sido bueno que nos informaran a los grupos organizados como la Junta Vecinal u otros, para decirnos: ahí está el edificio nuevo, hagan con él lo que mejor puedan y decidan de manera comunitaria? Un centro cultural, una escuela de artes y oficios, un museo del ferrocarril, una galería de arte…tantas cosas que se pudieron hacer con tan solo avisar. Hoy, nuevamente el edificio se cae y todo eso, con el enorme gasto que representó, quedó en un trinche capricho de unos cuantos. ¡Las oportunidades nunca vuelven!Me
despido amigos, recomendándoles tengan mucho cuidado allá afuera, ya que la
inflación está galopante, no nos lleve entre las patas.
MONUMENTOS HISTÓRICOS DE ACAPONETA. CATÁLOGO DEL INAH (19)
viernes, 18 de agosto de 2023
EL BARRIO DEL CHARCO VERDE
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Probable extensión del Charco Verde a principios del siglo XX |
Por: José Ricardo Morales y Sánchez Hidalgo
Cuando hace ya algunos años platiqué
con la estimada señora Doña Consuelo Flores de Aguilar, hoy ya finada, la vida
de ese momento en nada se parecía a los alegres días en que ella, según me
contó, vivió entre las orillas de una laguna que rebozaba de vida, y las
operaciones y vaivenes del ferrocarril Sud Pacífico, lugar de la ciudad que de
alguna manera se convirtió con el paso del tiempo en el corazón de una ciudad
que crecía, se dirigía con energía al futuro, y en ese lapso perdía parte de su
identidad porque sin el “charco verde”, Acaponeta ya no fue lo mismo.
Esta foto no es del charco verde, solo intenta mostrar un aproximado de cómo pudo haber sido |
La laguna verde, como le llamaba la gente debido a una capa lamosa que le daba esa tonalidad, o también, “laguna de El Centenario”, no era un área pequeña o cualquier charco, como casi despectivamente le llamaban. Según el cronista municipal Don Néstor Chávez Gradilla, esa superficie abarcaba desde la calle Corona hasta el Centenario hacia la parte norte, al oriente limitaba con el Cerro de la Glorieta y hacia el poniente hasta más allá de donde hoy está la Planta MASECA, y con las tierras agrícolas de Don José Aguiar, Don Bernardo Quintero y Don Guillermo Llanos Jaime, sin dejar de mencionar esa parte de la ciudad que se ubica en lo que son las calles Guerrero y Zacatecas hasta la vía del ferrocarril. Cuanta el cronista, que personas que vivieron aquellos lejanos tiempos del enorme charco, aun cuando Acaponeta era una simple “villa”, ya que no fue ciudad sino hasta el 15 de septiembre de 1910 cuando el General Mariano Ruiz, Jefe Político del Territorio de Tepic, le dio esa categoría; decía pues, esas personas le refirieron que la laguna tenía una profundidad de un metro y medio, cubierta siempre de una capa verde lamosa, con muchas plantas acuáticas y con abundantes carrizales, sobre todo en un islote que se formaba en medio de la laguna y que se distinguía por la gran cantidad de plantas de carrizo.
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Calle a un costado de la estación del ferrocarril. Al fondo la Maseca. Esta área estaba cubierta de agua. |
Debe su nombre por
supuesto a esa laguna que se formaba en ese sitio muy parecida a la que
actualmente brilla como espejo a la salida a Huajicori y que cruza por la calle
Chapultepec, solo que esta es mucho más pequeña, espejo de agua que
afortunadamente el gobierno municipal de Malaquías Aguiar Flores, rescató por
medio de su proyecto de saneamiento del arroyo de La Viejita, pero eso es tema
de otro artículo.
Aquel ojo de agua al que
bautizaron como el “Charco Verde”,
era tan grande que ahí nadaban con mucha alegría los niños de los alrededores y
convivían con armonía entre grandes cantidades de tortugas, ranas, sapos,
diversos tipos de peces, chacuanas y culebras, así como también infinidad de
patos silvestres, gallinetas, garzas y otras aves acuáticas, que ornaban la
superficie de la laguna, espejo que por las noches hablaba por el coro
gigantesco de los sapos y las ranas. Existe una nota de 1906, que comunicaba la
peligrosidad de acercarse a esa laguna por la presencia de un enorme caimán que
ahí habitaba. Ese espejo lacustre, se comunicaba precisamente con el Arroyo de
la Viejita, por donde bajaban y subían del río a la laguna varios caimanes y
cocodrilos.
Al final de la calle
Oaxaca o quizá la Querétaro, había un embarcadero en donde varias canoas
transportaban a la gente al otro lado, ya que el único paso seco que existía,
era el que iba rumbo a Huajicori y era camino “de pezuña” para carretas, carretones, arriadas y gente de a
caballo o de a pie y se hallaba bordeando el cerro para salir a la calle
Chapultepec, por lo que estaba lejos del actual barrio que ahí se formó, por lo
que la gente prefería las canoas para cruzar.
Camino de pezuña |
Los Prefectos Políticos de Acaponeta Don Eduardo Rivero y Don Delfino A. Goyzueta, quienes ocuparon el cargo durante el año de 1905, al ver como los gringos del ferrocarril rellenaban parte de la enorme laguna verde, notaron que de este lado iba a quedar seccionada parte de esa laguna, quedando sola y de lado, así que decidieron también irla terraplenando poco a poco con piedras, escombro y basura, todo con mano de obra de los presos, borrachos, viciosos y malvivientes vigilados por la Policía. Esa labor de momento quedó inconclusa y durante muchos años, por lo que la gente comenzó a nombrar como “El Charco Verde”, a esa pequeña laguna producto de la fragmentación de la laguna grande. Ya en los años treinta, cuando por fin se terminó de terraplenar, también por iniciativa de su propietario el Sr. Don Guillermo Llanos Jaime, padre del afamado poeta y periodista Memo Llanos Delgado, fue unos años campo de béisbol, y luego se fraccionó procediendo enseguida a la venta de lotes. A ese lugar, se le siguió dando el mismo nombre que le daban a la parte que quedó de la laguna de este lado de las vías del ferrocarril, y continuaron llamándolo: “Barrio del Charco Verde”, hasta el día de hoy.
Esta extensión de agua se prolongaba hasta donde hoy se ven las vías del ferrocarril, muy cerca de la estación del Sud Pacífico y un hotel, con el mismo nombre, que ahí existía, propiedad de Don Pedro Navarro, quien aparte de dar alojamiento a los que llegaban en el tren, recibía a los muchos agentes viajeros que hacían negocios y transacciones con los comerciantes locales. En los andenes, principalmente trabajadores de la compañía Sud Pacífico, le daban cabida a las decenas de comerciantes ambulantes que llegaban con sus productos a vender a los pasajeros de la llamada “punta de fierro”, como nombraban al ferrocarril. Por cierto, que Don Pedro Navarro quien en el extraordinario directorio comercial de Don José Ledón Sens, del año de 1933, anunciaba una sucursal en el municipio de Ruiz, también era médico de profesión y atendía pacientes en un consultorio anexo al hotel, entre todo un vivero de hortalizas y flores de ornato. Explicaba la Sra. Consuelo Flores, que este lugar estaba lleno de plantas y que el propietario le permitía a la chiquillada dejar ahí sus macetitas de barro que fabricaba el Sr. Martín Zavalza y que contenía las plantitas de gardenia que con el paso del tiempo le dieron a la ciudad el título que hoy tiene respecto de esas flores, ya que sabemos que, con esos aromáticos arbustos, los niños o entusiastas mujeres en canastitas o macetitas, subían a los vagones con tres o cuatro en las manos ofreciendo la perfumada flor que darían el bello e identitario nombre de la “Ciudad de las Gardenias” a Acaponeta.
Con justa razón se quejaba Doña Consuelo de que la vida es diferente hoy día, pues esos comerciantes que llegaban al tren, principalmente vecinos del Charco Verde, se distinguían por ofertar productos naturales y las canastas —que no las contaminantes bolsas de plástico— se llenaban de elotes, huamúchiles, mangos de la temporada, ciruelas, nanches, arrayanes, quesos frescos, sabrosos panecillos que llamaban “antes”, con sus vistosas banderitas de papel de china coronando los comalitos de barro que las contenían, así como una gran y sabrosa variedad de tacos y otros antojitos.
Mi gran amigo, el brillante abogado Lic. José Miguel Rodríguez Menchaca, oriundo de este barrio, recuerda la famosa panadería de "Los Cacalotes", hoy ya desaparecida y que era propiedad de la familia Palomera. Ahí, me cuenta, se elaboraba el pan en horno calentado con leña. Entre las delicias que se quedaron marcadas en su mente está el "ahogaperros" especie de "cortadillo" que se elaboraba con lo que quedaba de todas las harinas al final de la jornada.
Los andenes del ferrocarril se llenaban de color, olor y sabor que se ofrecían al que por ahí transitaba, puesto que esa terminal del tren, se había convertido en un lugar de diversión, centro de reunión, así como espacio de venta y compra de productos. Una característica muy especial en la ciudad, era transformar puntos comunes de la comunidad en visitados centros de reunión como el embarcadero en el río y en especial a esta estación del ferrocarril, donde en cualquier día se podía ver a Doña Salvadora Arámbula quien vendía sus legendarios tamales, la cual recorría la senda hasta la ladrillera que estaba y aún existe en esa zona del norponiente de la cabecera municipal. También Pina Ramos de Sánchez que ofrecía sabrosos tacos de chanfaina, chorizo y chicharrón que aún se recuerdan. Ellas y otros subían a los vagones y pullman de un tren del cual solo queda el grato recuerdo de aquellos que tuvimos la fortuna y el placer de viajar en ellos, sobre todo aquel afamado “autovía” —reconozco que este no lo conocí—, especie de autobús de dos pisos, montado en las vías férreas que hacía el viaje entre Mazatlán y Acaponeta, tocando los pueblos y comunidades vecinas del sur de Sinaloa y como destino final Acaponeta. Era algo igual o muy similar a una “corrida” de camión, pero en rieles, llegando a una rotonda, donde los chiquillos del barrio ayudaban a girar al vehículo aquel, para el regreso de este singular transporte. El autovía arribaba a la ciudad, ahí por donde actualmente están los almacenes de combustible del Grupo Sierra, y además de los pasajeros que llevaba a bordo, iba también entre maletas y bultos, escondida la cultura que posteriormente daría el nombre de la “Atenas de Nayarit” al municipio, ya que el intercambio de vivencias, situaciones y experiencias, entre los que iban y venían dio cuerpo e identidad a esta Villa de Acaponeta.
Otro personaje que
ahí radicaba, fue el Profe Amado Zavalza, que impartía brillantemente clases en
la escuela Zaragoza cuando esta tenía sede en lo que ahora es la Casa de
la Cultura “Alí Chumacero”. Por cierto, abro paréntesis para anotar aquí el
nombre del Profesor Alejandro A. Torres, aquel maestro de música, que venía a
la población de Acaponeta, desde el Puerto de Mazatlán a impartir tan noble
materia. Él se venía precisamente en el autovía y el run run del trenecito y el
golpeteo sordo y monótono del andar sobre los rieles, inspiraron al filarmónico
a componer la hoy famosa melodía para banda “De
Mazatlán a Acaponeta”. Y ya que hablamos de músicos, un vecino notable del
barrio del Charco Verde, fue también
el Señor Aurelio Rodríguez Sarmiento, más conocido como “El Calandrio”, quien
casado con la señora Teresa Peralta Díaz, procrearon a David, Heriberto,
Aurelio, Enrique, Eduardo, Juan Francisco, Fernando y Rodolfo, la mayoría de
ellos, por no decir que todos, músicos reconocidos también.
Los pasajeros del tren o
del autovía, al dirigirse a pie rumbo al centro del pueblo, muchas veces, en
temporada de lluvia, encontraban el charco verde crecido y tenían que
remangarse los pantalones o faldas, y descalzos con el equipaje en la cabeza
para cruzarlo.
Esta Señora Pina Ramos,
también vendía galletitas de harinilla y sus hijos la ayudaban con placer, y
como recompensa a su esfuerzo y labor, Pina les ofrecía cada semana un premio
del tamaño del mundo: los llevaba a nadar a las orillas del río Acaponeta, lo
que hacía las delicias de la chiquillada, puesto que mientras ella lavaba la
ropa en las lajas de piedra que a propósito las mujeres acomodaban en las
riberas, ellos chapoteaban siempre bajo la vigilancia celosa de su madre.
Los del Charco Verde se distinguían por su
participación comunitaria; ahí se organizaron innumerables kermeses para
colectar fondos en pro de la construcción del Santuario de Guadalupe y las
principales organizadoras eran Chayo Torrero, Agustina Viera, Martha Sánchez y
la propia Consuelo Flores, entre otras quienes acordaban acciones para unir a
la gente de los alrededores de aquella laguna, contando por supuesto con la
cooperación de los comerciantes, entre los cuales había tres tiendas de
abarrotes que destacaban muy especialmente: Mateo Aguilar, abuelo de nuestro
buen amigo Francisco “Pancho” Aguilar Flores, el cual vendía unos exquisitos
raspados de frutas naturales que eran legendarios. Don Mateo tenía su tienda en
la esquina de Guerrero y Zacatecas, donde hoy existe una casa en ruinas; de hecho,
las tres tiendas estaban ubicadas en ese cruce de las calles, ya que Don Nepomuceno
“Cheno” Camacho, tenía su negocio
justo donde hoy existe una tortillería y donde la chiquillada de aquel entonces
“rentaban” los “cuentos”, que hoy llaman “comics”
de “Memín Pinguín”, “Kalimán”, “Chanoc”,
“Rolando el Rabioso”, entre otros, y para las mamás —que a escondidas leían
también los papás— el “Lágrimas y Risas”.
Era común en aquellas épocas que los caballeros anduvieran bien peinados, por
lo cual, eran muchas las ventas que tenía Don Cheno de una sustancia para el
cabello que llamaban “quinado”, sobre
todo porque era la más económica; para los “fifís”
de esos tiempos se vendía “Glostora”
con el mismo fin.
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En la casa antigua del frente, ahí era la tienda de Mateo Aguilar, en la tortillería que hoy existe, la tienda de Cheno Camacho. |
Enfrente, donde hoy está
una cantina, se ubicaba la casa y negocio de Don Francisco Torrero hijo, el
cual era transportista y era apoyado por su señora esposa Rosario Ramos Silva. Don
Francisco Torrero padre, trabajaba en la estación del ferrocarril. Se decía de
la tienda del Francisco Torrero, que era la más surtida y que incluso vendía
carnes frías y quesos, porque tenía refrigerador, algo que no cualquiera y sin
duda era un lujo. Es curioso que las tres tiendas, separadas por tan solo
cruzar la calle, convivieran y les fuera económicamente bien, a pesar de tan
cercana competencia.
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En ese inmueble blanco se ubicaba la tienda de Francisco Torrero hijo. |
Por eso a ese barrio
también se le conocía como el de “las
tres tiendas”, y al decir del Lic. Rodríguez Menchaca, a pesar de estar
prácticamente juntas, las tres tenían su éxito comercial, pues, dice medio en
broma y medio en serio: “no había crisis”.
Y continua: “Mateo se distinguía por la
venta de carbón; Camacho comerciaba con leña y Torrero ofrecía zacate, que, en
ocasiones, cuando se descuidaba, se lo comían las vacas que deambulaban por las
calles compartiendo espacio, aire y agua con los pobladores de este barrio” …cosas
de la provincia.
Por supuesto, no podía
faltar en este barrio, la clásica cantina, pues contiguo a una de las esquinas
donde se ubicaban las tiendas de abarrotes, estaba "La Ramada", propiedad de un señor llamado Mario, cuyo apellido
ignoramos, lugar donde las bravas mujeres sacaban a sus maridos porque se
quedaban muy tarde, aun cuando no hubiera botana. Incluso era llegada casi
obligada de los beisbolistas, quienes después de jugar los domingos en el
estadio municipal ansiaban mitigar la sed con las frescas ambarinas del lugar
atendido por uno de los señores de apellido Noriega cuya familia se preciaban
de ser amplios conocedores del rey de los deportes.
Mucho antes de la instalación de la mencionada cantina, en la pared de una casa contigua a esa negociación, en un terreno baldío, que la chiquillada llamaba “el chivirital” se proyectaban por parte de la empresa refresquera “Pepsi” películas del gran Charles Chaplin, “El Llanero Solitario”, “La Creatura de la Laguna Negra” y otras de la época, y al final de la cinta, regalaban entre otras cosas: charolas, vasos, toallitas, etc., todo desde luego con el logo de la empresa.
Este mismo espacio,
servía para dar cabida a las ocasionales carpas de los llamados “húngaros”, gitanos errantes quienes de
la misma manera que la Pepsi,
exhibían películas de ese maravilloso tiempo. Hay que hacer mención que los húngaros cobraban 20 centavos y además
cada quien llevaba su propia silla. Existe la curiosa anécdota, que en su
tiempo debió haber sido un escándalo, porque una bella damita del barrio, fue
enamorada por uno de estos húngaros y al final se “la robó”, naciendo tiempo después por esa unión el afamado “mentalista” Randú Costish, que de
manera frecuente llega a Acaponeta a mostrar en una carpa de circo su gracioso
espectáculo de hipnotismo. Eran los tiempos en que llegaba a Acaponeta el
reconocido circo Atayde, mismo que se quedaba en el pueblo hasta un año,
haciendo vida con los pobladores de aquí.
Es de destacarse que, en
los límites del barrio, frente a la propiedad de los “Cuájalas” en lo que ahora son oficinas de los profesores del
municipio y en un tiempo albergó a la oficina de enlace con la Secretaría de
Relaciones Exteriores, estaba el antiguo Hospital Civil, en el que por cierto
destaca la anécdota de que ahí se hospitalizó a un gran número de personas que
resultaron gravemente heridas en el conflicto ejidal de la comunidad indígena
de Sayulilla, del cual los viejos habitantes de esa localidad aún no olvidan
por lo violento de ese hecho. Bien dicen que los de Sayulilla, pagan por armar
pleitos.
Muchos nombres aún se
recuerdan en el barrio, a pesar de haber desaparecido la laguna; de que la
estación, aunque recientemente rehabilitada y salvada de las tristes ruinas en
las que se encontraba, se halle en el abandono total, de que el ferrocarril
solo pase pitando, llevando productos y migrantes, aquí llamados “trampas”, con rumbo al norte buscando,
montados sobre “la bestia”, el sueño
americano y una mejor calidad de vida.
Uno de esos nombres es el
de Carmelo Aguilar, maestro albañil, que construyó muchas de las casas que
aún existen en nuestra ciudad con una peculiar tendencia de estilo Art Noveau. Sin duda, Juanita Zambrano,
la que organizaba coloridas fiestas a las que los invitados llegaban con
regalos envueltos en brillantes y coloridos papeles de china y ramos de bugambilias
que le escamoteaban a Don Pedro Navarro, del Hotel Sud Pacífico. También
estaban Pedro Medina y su esposa Concepción, abuelos del hoy famoso artista
plástico Vladimir Cora, hijo predilecto del pueblo y del barrio, que según
cuentan los vecinos, era un chiquillo muy travieso, nacido en la casa ubicada
en el número 42 poniente de la calle Guerrero, donde en abril del año 2000
colocaron una placa conmemorativa, la cual por cierto ya se robaron los amantes
del cobre, bronce y otros metales que pagan bien los que se dedican a eso y
andan impunes por el pueblo comerciando lo robado; placa que a letra decía:
Vladimir Cora, otro hijo del Charco Verde |
Gobierno Constitucional del Estado de Nayarit (entre
los escudos de Nayarit y de Acaponeta)
Siendo Gobernador C.P. Antonio Echavarría Domínguez
H. Ayuntamiento de Acaponeta, Nayarit
Siendo Presidente Municipal Prof. Enrique Jiménez
López
Homenaje al pintor y escultor
Vladimir Cora
en sus 35 años de vida artística
“El Charco Verde” calle Guerrero 42 lugar donde
naciera Vladimir Cora
(Placa
sobrepuesta que dice):
XIII Festival
Cultural de Nayarit en Acaponeta)
Acaponeta, Nayarit, abril 18 año 2000
Hijo de este barrio fue
también el ex presidente municipal Don Salvador Toledo López, quien fuera
brutalmente asesinado hace algunos años. Asimismo, Profesor Amado Zavalza, que
impartía clases en la escuela Zaragoza cuando esta estaba en lo que ahora
es la Casa de la Cultura “Alí Chumacero”.
Al frente, Salvador Toledo |
En la década de los sesenta, vivía Don Francisco Torrero, quien durante muchos años trabajó en la estación del ferrocarril, al parecer en el área del telégrafo, personaje muy importante en ese tiempo, ya que controlaba el tráfico ferroviario. Por cierto, su nieto, el hoy Doctor Oscar Octavio Torrero Ramos, nació en este barrio.
El mundo no dejó de girar y en cada vuelta se daba un cambio; hoy la laguna desapareció y en su lugar brotaron casas y más casas habitación, comercios y edificios. Calles mal empedradas y lotes baldíos. La regia estación del ferrocarril fue por años, refugio permanente de miles y miles de murciélagos —aquí llamados chinacates—, malandros y de malos olores producto del olvido y el paso del dios Cronos, hasta que hace unos cuatro o cinco años se rehabilitó quién sabe por qué y para qué, quedando un edificio histórico muy bello, pero como a nadie le dijeron que había que cuidarlo, nuevamente hoy está en la ruina.
En los andenes suena duro
el silencio y en ocasiones los fuertes pitidos de un tren que no hará parada,
no ofrece saludos y menos deja bagajes culturales, pasa de largo
desinteresadamente, por cierto sin los lustrosos vagones “pullman” llenos de
pasajeros, y quizá solo rompe la monotonía del lugar el grupo de altruistas
ciudadanos encabezados por el Sr. Gilberto Rivera Rivera y su esposa la artista
de la lente Sonia Galindo, quienes en ejemplar labor reparten comida y
despensas a los paisanos o hermanos centroamericanos que venidos del sur viajan,
arriesgando el pellejo, trepados en los vagones de carga de la llamada bestia
de fierro.
Foto: Sonia Galindo
Las aguas frescas dieron
paso a las impersonales coca colas y los mangos a las dañinas Sabritas; la
salud a la diabetes y el agua de la laguna a disparejos empedrados y edificios
con arquitecturas foráneas. Del Hotel Sud Pacífico queda tan solo una añeja
estructura de madera condenada a desaparecer. Ya no hay niños a los que se
premie con ir a nadar al río. Las macetitas de gardenias son hoy tan solo un
símbolo del ayer, como es el recuerdo de aquel espacio anegado.
Sin embargo, de las pérdidas anteriores, bien dice nuestro buen amigo Miguel Rodríguez Menchaca, quedan los recuerdos. Evoca que allá por la década de los cincuenta, por la calle Guerrero casi llegando a la Durango vivía un señor de nombre Magdaleno que se dedicaba a la elaboración casera de riquísimos dulces y “encubiertos” de calabaza y camote, que luego vendía en las afueras del mercado municipal, además de que también ofertaba, en ese mismo lugar muy de mañana, una especie de empanadas de harina que freía en cacerolas al igual que los churros del famoso Benjamín “Min” Mayorquín. Recuerda Miguel, que este señor churrero, era pariente de un joven “danzante”, del cual no recuerda su nombre, pero era reconocido como el mejor de su género, pues era el líder de un grupo de danzantes, ya que siempre iba al frente en todas las peregrinaciones religiosas.
Otro notable personaje de
este barrio, lo es sin duda Don Honorato Díaz Meza, un señor que elaboraba
junto con su familia, una exquisita birria, sin dejar de recordar que fue
propietario o administrador de una de tantas cantinas que existen en Acaponeta.
El famoso barrio del Charco Verde, como todos los que existen
en Acaponeta: el barrio bravo del Terrón Blanco, el tradicional barrio de la
CH, el alegre barrio del Mocoyoyo, el de la Mexicana y otros más, nos hablan de
culturas y personalidades muy propias; diferentes y muy peculiares personajes,
anécdotas alegres, tristes y hasta trágicas, pero que van, entre todas,
conformando la identidad de un hermoso pueblo, del que dijera el bardo, no fue
mar, ni fue montaña.

















