DE
CHILE: Uno de los grandes males o circunstancias negativas que
tienen los gobiernos de Acaponeta —que en realidad es algo que sucede a nivel
nacional— es que no hay continuidad de un gobierno a otro. Me explico: cuando el
gobierno “X” hace una buena o incluso magnífica obra, el que lo sucede, ya no
le da seguimiento. Simplemente lo olvida.
Más claro con un ejemplo conciso.
Durante el gobierno municipal de Malaquías Aguiar Flores, aquí en Acaponeta, se
tuvo la buena idea de sanear al arroyo de “La Viejita”, que en verdad estaba
contaminado y sufría del embate de la ciudad como padecen todos los ríos o
arroyos que atraviesan una zona urbana. Los problemas eran muchos: cárcamos de
bombeo que no funcionaban, descargas de aguas negras directas al arroyo, limpieza
del talud del arroyo, acordar con los botaneros mayor sanidad, fugas del
drenaje, mantenimiento a la laguna de oxidación del rastro, etc.
Al principio
de los trabajos se detectaron unos siete u ocho puntos críticos que poco a poco
se fueron solucionando. Al final del trienio, ya se había relacionado y en la
gran mayoría de los casos solucionado más de 40, y el resultado fue un arroyo
saneado con posibilidades de convertir —si se le daba seguimiento a esta labor—
en un bonito paseo y un arroyo sano. Sin embargo, entró el nuevo ayuntamiento
encabezado por el finado “Beyto” Arellano y a esa tarea nadie la peló y
transcurrieron cuatro años en los que nada se hizo al respecto y el arroyuelo
volvió a decaer.
Ahora, la actual administración municipal vuelve a retomar esa
idea, pero lamentablemente es volver a comenzar. Es como si de nuevo se
escribiera el Génesis, surgieran otra vez Adán y Eva, así la vida se renueva de
cero. ¡Qué lástima y qué tontería! Porque se duplican las erogaciones para esos
quehaceres; el esfuerzo hecho, se arroja impunemente a la basura. Todos los
candidatos o aspirantes les gritan a los votantes, que México es primero, que tienen
a Nayarit como prioridad, que Acaponeta bla, bla, bla. Pero cuando se trata de
sumar, se fijan en el color del “adversario”,
vienen los malos recuerdos de agravios pasados, lo toman como una oportunidad
de revancha y al final, queda como prioridad el partido o los pleitos
personales y de un plumazo, echan a la basura lo que hizo el que sale, aunque
sea algo muy bueno o trascendental y se olvidan de sus promesas y “buenos deseos”, retrasando el avance y
dilapidando recursos.
Cuando, los que siguen, le dan continuidad a las obras o
acciones de gobierno, estas se notan y cobran importancia, así el país, el
estado o el municipio avanzan. Recuerdo cuando en Acaponeta, siendo presidente
municipal Don José Chávez Rodríguez, el estimado “Joselillo” adoquinó todo
alrededor de la plaza “Miguel Hidalgo”, así como la callecita “Gral. Ramón
Corona”, obra que todos aplaudimos; los presidentes que siguieron: Enrique
Jiménez, Santos Díaz, Efraín Arellano, Saulo Lora, Malaquías Aguiar, creo que
también Beyto Arellano y ahora Manuel Salcedo, han ido adoquinando otras calles
o avenidas y el rostro de la ciudad cambió.
Todos dieron seguimiento a una obra
de beneficio común. De acuerdo con esto, se me ocurre, que viendo la actual
situación en que se encuentra el palacio municipal de Acaponeta, si no en
ruinas, sí con un franco deterioro, creo que sería bueno que este gobierno o el
que viene, decidieran meterle mano a la vieja casona de la calle Morelos,
inmueble que comenzó a construirse en 1903 para ser inaugurada en 1910 con
motivo del primer centenario del inicio de la independencia de México. Es
decir, ese edificio tiene ya 113 años desde su apertura, y salvo algunas
reparaciones menores, no se ha hecho gran labor a su favor. Sabemos que el
magro presupuesto que llega al municipio es muy pobre y casi todo se va en
sueldos y salarios, por lo que se hace necesario gestionar recursos de otros lados
e iniciar un proceso de rehabilitación total y profundo, que requerirá que los
futuros ayuntamientos le den seguimiento y se sumen a tan necesaria labor.
Dirían en el teatro: ¡primera llamada!
DE
DULCE: Marcelo Ebrard Casaubón de un plumazo le quitó lo aburrido
y terriblemente tedioso a la campaña que por cierto no es campaña de los
candidatos a la presidencia de la república, que no son candidatos y que
despectivamente AMLO les llama “corcholatas”.
El “carnal” Marcelo, saliéndose
un poco —o un mucho— del huacal del presidente acusa a la Sheinbaum de acarrear
gente, utilizar recursos públicos para su lambiscona campaña y otros actos
ilegales que no respetan el acuerdo que les entregó el propio presidente. Esto
por supuesto no le va a gustar al dueño de palacio nacional y Ebrard, en estos
momentos está en la cuerda floja por meterse abiertamente contra la “delfín” de
Andrés Manuel, porque, además, les echó a perder el rollo de la selección de
las encuestadoras, lo que puso a Morena de cabeza en tan solo 48 horas.
Se
puede producir un cisma de proporciones catastróficas para el partido del
ojitos de sapo pisado, Mario Delgado, lo que vendría a cambiar totalmente el
panorama político que hoy se tiene. De hecho, esta semana se presentaron hechos
interesantes, como, “la liguilla” del Frente Amplio por México, integrado por
esa triada imposible del PRI, PAN y PRD, que dejó tendido en el camino a
Enrique de la Madrid. Siento que el pase de Beatriz Paredes, priista connotada
de toda la vida, afecta sobre manera a Xóchitl Gálvez, pues eso ocasionará que
el tricolor le meta todas las ganas a su finalista, porque finalmente la
presidencia es la presidencia y si hay que llevarse entre las patas de los
caballos a los demás, ¡venga! y más teniendo un presidente del partido
impresentable como es al transa Alito Moreno, quien para salvar un pellejo ya
muy comprometido es capaz de sacrificar a la hidalguense y entregar en bandeja
de plata a Andrés Manuel, la cabeza de Xóchitl.
Ya Paredes Rangel, está
mandando mensajes subliminales que son un dardo directo a Xóchitl. El PAN, no
sé si en verdad considera a la Gálvez como verdadera panista y se vaya con todo
a favor de Santiago Creel, lo que dejaría a la senadora indígena chiflando en
la loma. Se puso bueno este reality show,
mejor que el bodrio ese de la Casa de los
Famosos.
DE MANTECA:La verdad, me confundieron, me engañaron como
al pueblo sabio y bueno. Lo que voy a expresar aquí, lo hago con reservas,
porque en realidad no sé si efectivamente es como me lo contaron, sin embargo,
por el resultado que se dio, sí es la neta.
Resulta que, en el sexenio
desafortunado y corrupto de Enrique Peña Nieto, se hizo el anuncio, como sucede cada seis
años, de que regresaría el tren de pasajeros, lo cual nos alegró bastante, como
sucede cada seis años. Paralelo a esto, en la vieja estación del ferrocarril de
Acaponeta comenzaron trabajos de rehabilitación del bello edificio que se
encontraba en ruinas. Pensé, inocentemente, por lo que había oído en las
noticias: “¡Mira, qué bien, arrancaron por Acaponeta!”.
Foto de Sonia Galindo
Hay que recordar que
este hermoso y funcional inmueble, fue
construido en 1903 por la compañía norteamericana Western Pacific, Co.; que
posteriormente pasó a ser el muy mencionado Ferrocarril Sud Pacífico. Sin
embargo, en 1937 un fuerte incendio dejó en las puras cenizas a la estación,
misma que volvieron a levantar, y con el paso de los muchos años, tuvo un
deterioro tal, que daba lástima ver aquello que se convirtió en refugio de
miles y miles de murciélagos o “chinacates”
como les llaman por acá.
Así que cuando comenzaron a restaurar la vieja
estación, muchos nos alegramos. Hay que decirlo como fue, dejaron la
edificación en magníficas condiciones. Hay una foto muy buena, de la artista de
la lente Sonia Galindo, que hizo de la estación ferroviaria por la noche,
profusamente iluminada y que da buena idea de cómo terminaron las reparaciones.
Sin embargo, la alegría se fue directito al carajo como dice YSQ.
Extraordinaria foto de Sonia Galindo
Pues el
ferrocarril de pasajeros nunca regresó, la estación no se ocupó en nada y, una
vez más, el tiempo transcurrió y como es el gran destructor, la construcción
volvió a decaer y, para colmo, el trinche huracán “Roslyn” del año pasado,
acabó de darle en la maraca. Al ver tal desaguisado, tardíamente me pregunté:
¿por qué y para qué hicieron esta rehabilitación?
El huracán "Roslyn" se llevó el techo de lámina en 2022
Preguntando aquí, preguntando
allá, me enteré, y, como dije al principio, sin la seguridad de que así haya
sido, me explicaron que personas preocupadas por el estado de la vieja estación
recurrieron a una reconocida dama acaponetense, casada con poderoso personajes
de la vida nacional, y le pidieron que solicitara a su esposo, para que moviera
sus influencias y se hiciera la renovación del inmueble, cosa, que, me
informan, así se hizo y se logró. ¡Qué bueno! Exclamé yo, pero ¡Qué malo!
¿Por
qué no nos avisaron? ¿No hubiera sido bueno que nos informaran a los grupos
organizados como la Junta Vecinal u otros, para decirnos: ahí está el edificio
nuevo, hagan con él lo que mejor puedan y decidan de manera comunitaria? Un
centro cultural, una escuela de artes y oficios, un museo del ferrocarril, una
galería de arte…tantas cosas que se pudieron hacer con tan solo avisar. Hoy,
nuevamente el edificio se cae y todo eso, con el enorme gasto que representó,
quedó en un trinche capricho de unos cuantos. ¡Las oportunidades nunca vuelven!
Me
despido amigos, recomendándoles tengan mucho cuidado allá afuera, ya que la
inflación está galopante, no nos lleve entre las patas.
Existe un catalogo de Monumentos Históricos que elaboró el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), y que lleva por título "Catálogo Nacional de Monumentos Históricos Inmuebles" (Ficha nacional de catálogo de bienes inmuebles con valor cultural) el cual fue publicado probablemente a finales de los años 80 o principios de los 90 y concluyó en 1994, siendo Director del Centro INAH-Nayarit, el estimado Antropólogo Raúl Andrés Méndez Lugo.
La intención de estas publicaciones, es mostrar a los acaponetenses las fichas de los 107 monumentos históricos que tenemos y dejar ver el rico, variado y bello patrimonio arquitectónico que tuvimos, lo que nos queda aún, las condiciones en que están y hacer reflexión de que rescatando algunos de ellos y con la conciencia de la autoridad municipal de hacer cumplir las leyes y reglamentos sobre el centro histórico y estos monumentos inmuebles, podemos rescatar todavía la hermosa imagen urbana de este pueblo costero del Pacífico.
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FICHA: 19
NÚMERO DE CLAVE: 180010010019
LA CASA DE LUIS CHÁVEZ BARAHONA
CROQUIS DE UBICACIÓN:
CROQUIS DEL INTERIOR DEL INMUEBLE:
FOTOS DEL CATÁLOGO (1994)
DATOS HISTÓRICOS (PROPORCIONADOS POR EL MISMO CATÁLOGO):
La construcción fue construida por el Sr. Luís Chávez Baraona (sic) en el año de 1950, persona dedicada a la venta y compra de oro. Datos proporcionados por la Sra. Agripina Osuna.
DATOS HISTÓRICOS INVESTIGADOS:
ABRAHAM CHÁVEZ MUÑIZ
Esta casa tiene la característica de que se conoce como el lugar donde se vende petróleo o la casa de los Chávez Muñiz, Habitada actualmente por el artista plástico Abraham Chávez Muñiz, "El Pintor de las Aves", quien amablemente nos proporcionó la siguiente información:
Comprobante del pago de contribuciones de los primeros propietarios de la finca donde aparece el nombre de Sinforiana García, esposa de Eleno Infante, abuelos de Pedro Infante. El documento es de 1914, cuando no existía la casa actual sino una especie de vecindad.
La propiedad antes de 1917, era una vivienda con tejabanes de teja que habitaban y eran propietarios los señores Eleno Infante y su esposa Sinforiana García, los cuales tuvieron un hijo al que pusieron por nombre Delfino Infante, quien a la postre vendría a casarse con la señorita originaria de El Rosario, Sinaloa Refugio Cruz Aranda, quien viviendo ahí procrearon un niño que nacería en el puerto de Mazatlán, Sinaloa y que en el futuro sería el muy popular actor y cantante Pedro Infante Cruz, ídolo de las multitudes.
Pedro Infante con sus padres: Delfino Infante y Refugio Cruz
Delfino y su esposa Refugio, salieron de Acaponeta a una gira artística, ya que él era músico, por lo que Pedro Infante nace en Mazatlán y no en esta propiedad.
Importante en esta historia es el Señor Luis Chávez Barahona, personaje nacido en Cosalá, Sinaloa en 1892, hijo de Tomás Chávez Barahona, oriundo de San Ignacio, Sin. y María Luisa Maldonado, nacida en Cosalá.
LUIS CHÁVEZ BARAHONA
Luis Chávez Barahona, realiza sus estudios en la ciudad de Culiacán, Sinaloa, lugar donde conoce a Rafael Buelna Tenorio, revolucionario conocido como "El Granito de Oro", mismo que lo invita a unirse a la lucha revolucionaria, integrándose a las fuerzas del General Juan Carrasco. Luis, se separa de la milicia en el año de 1914.
Años después, su prima Guadalupe Chávez de Fernández Maisterrena, de la familia de grandes latifundistas de la época, lo invita a radicarse en Acaponeta, aceptando Luis Chávez, por lo que en 1930 adquiere esta propiedad y funda ahí el "Centro Minero", comercio dedicado a la venta de artículos y mercancías para la minería, además de comprar y vender oro. Este negocio tuvo mucho éxito entre la década de 1940 y 1950 cuando estuvieron en auge los minerales de Motaje, El Tigre y Cucharas.
CAROLINA CECEÑA
Luis Chávez Barahona contrae nupcias con la señorita acaponetense Carolina Ceceña Cosío, hija de un conocido empresario de El Filo donde había un trapiche, quizá en algún momento, el más productivo del país, el Sr. Crescencio Ceceña.
CRESCENCIO CECEÑA
Luis y Carolina, procrearon tres hijos: María Luisa, Abraham y Tomás. A la muerte de Luis Chávez, su viuda Carolina monta el negocio "Armería y Miscelánea Juan Escutia", donde ofertaba pistolas, rifles, municiones y todo lo que requiere la cacería, además de la venta a menudeo, que aún se expende en ese lugar y que Abraham hijo siguió durante años y hoy su vástago Abraham Chávez Muñiz.
OBSERVACIONES:
Inmueble en esquina. La fachada principal hacia la Avenida Gral. Corona Oriente presenta tres vanos de acceso, uno de ellos de mayor proporción, es utilizado como acceso de servicio, los tres tienen arco escarzano con clave y cornisuelo superior,
Cornisa divide del segundo nivel en donde se hallan dos vanos para balcón convertidos en vanos de ventana, no cuentan con enrejado, la parte superior está delimitada por cornisuelo y pretil. A los extremos en ambos niveles pilastras de aplanado; la fachada lateral tiene el mismo tipo y numero de vanos, excepto por el vano de acceso de servicio.
En la esquina del edificio que es boleada existe un vano de acceso en planta baja y otro de balcón en el segundo nivel.
La planta arquitectónica muestra una habitación frontal utilizada para negocio en planta baja, en el segundo nivel habitaciones para dormitorio; en la parte posterior una área aporticada, en ésta se localiza escalera de caracol de fierro colado, el área del patio es ocupada por edificación en dos niveles de reciente construcción.
Las cubiertas son de vigueta de acero y ladrillo. Los pisos son de cemento pulido a cuadros. Muros con humedades menores exhibiendo salitre. El estado de conservación es bueno.
ESTADO ACTUAL Y FOTOS RECIENTES:
El edificio se conserva en buen estado y han respetado, a pesar del paso de los años, sus elementos arquitectónicos. Solamente le hace falta pintura en las fachadas.
NOTA AL AMABLE LECTOR: Si tiene datos sobre los propietarios, o bien antiguos residentes, temas históricos o curiosos, o bien fotografías, favor de darlos a conocer para añadirlos a esta publicación.
Probable extensión del Charco Verde a principios del siglo XX
Por: José Ricardo Morales y Sánchez Hidalgo
Cuando hace ya algunos años platiqué
con la estimada señora Doña Consuelo Flores de Aguilar, hoy ya finada, la vida
de ese momento en nada se parecía a los alegres días en que ella, según me
contó, vivió entre las orillas de una laguna que rebozaba de vida, y las
operaciones y vaivenes del ferrocarril Sud Pacífico, lugar de la ciudad que de
alguna manera se convirtió con el paso del tiempo en el corazón de una ciudad
que crecía, se dirigía con energía al futuro, y en ese lapso perdía parte de su
identidad porque sin el “charco verde”, Acaponeta ya no fue lo mismo.
Esta foto no es del charco verde, solo intenta mostrar un aproximado de cómo pudo haber sido
La laguna verde, como le
llamaba la gente debido a una capa lamosa que le daba esa tonalidad, o también,
“laguna de El Centenario”, no era un área pequeña o cualquier charco, como casi
despectivamente le llamaban. Según el cronista municipal Don Néstor Chávez
Gradilla, esa superficie abarcaba desde la calle Corona hasta el Centenario
hacia la parte norte, al oriente limitaba con el Cerro de la Glorieta y hacia
el poniente hasta más allá de donde hoy está la Planta MASECA, y con las
tierras agrícolas de Don José Aguiar, Don Bernardo Quintero y Don Guillermo
Llanos Jaime, sin dejar de mencionar esa parte de la ciudad que se ubica en lo
que son las calles Guerrero y Zacatecas hasta la vía del ferrocarril. Cuanta el
cronista, que personas que vivieron aquellos lejanos tiempos del enorme charco,
aun cuando Acaponeta era una simple “villa”, ya que no fue ciudad sino hasta el
15 de septiembre de 1910 cuando el General Mariano Ruiz, Jefe Político del
Territorio de Tepic, le dio esa categoría; decía pues, esas personas le
refirieron que la laguna tenía una profundidad de un metro y medio, cubierta
siempre de una capa verde lamosa, con muchas plantas acuáticas y con abundantes
carrizales, sobre todo en un islote que se formaba en medio de la laguna y que
se distinguía por la gran cantidad de plantas de carrizo.
Calle a un costado de la estación del ferrocarril. Al fondo la Maseca. Esta área estaba cubierta de agua.
Debe su nombre por
supuesto a esa laguna que se formaba en ese sitio muy parecida a la que
actualmente brilla como espejo a la salida a Huajicori y que cruza por la calle
Chapultepec, solo que esta es mucho más pequeña, espejo de agua que
afortunadamente el gobierno municipal de Malaquías Aguiar Flores, rescató por
medio de su proyecto de saneamiento del arroyo de La Viejita, pero eso es tema
de otro artículo.
Aquel ojo de agua al que
bautizaron como el “Charco Verde”,
era tan grande que ahí nadaban con mucha alegría los niños de los alrededores y
convivían con armonía entre grandes cantidades de tortugas, ranas, sapos,
diversos tipos de peces, chacuanas y culebras, así como también infinidad de
patos silvestres, gallinetas, garzas y otras aves acuáticas, que ornaban la
superficie de la laguna, espejo que por las noches hablaba por el coro
gigantesco de los sapos y las ranas. Existe una nota de 1906, que comunicaba la
peligrosidad de acercarse a esa laguna por la presencia de un enorme caimán que
ahí habitaba. Ese espejo lacustre, se comunicaba precisamente con el Arroyo de
la Viejita, por donde bajaban y subían del río a la laguna varios caimanes y
cocodrilos.
Al final de la calle
Oaxaca o quizá la Querétaro, había un embarcadero en donde varias canoas
transportaban a la gente al otro lado, ya que el único paso seco que existía,
era el que iba rumbo a Huajicori y era camino “de pezuña” para carretas, carretones, arriadas y gente de a
caballo o de a pie y se hallaba bordeando el cerro para salir a la calle
Chapultepec, por lo que estaba lejos del actual barrio que ahí se formó, por lo
que la gente prefería las canoas para cruzar.
Camino de pezuña
Los Prefectos Políticos
de Acaponeta Don Eduardo Rivero y Don Delfino A. Goyzueta, quienes ocuparon el
cargo durante el año de 1905, al ver como los gringos del ferrocarril rellenaban
parte de la enorme laguna verde, notaron que de este lado iba a quedar seccionada
parte de esa laguna, quedando sola y de lado, así que decidieron también irla
terraplenando poco a poco con piedras, escombro y basura, todo con mano de obra
de los presos, borrachos, viciosos y malvivientes vigilados por la Policía. Esa
labor de momento quedó inconclusa y durante muchos años, por lo que la gente comenzó
a nombrar como “El Charco Verde”, a
esa pequeña laguna producto de la fragmentación de la laguna grande. Ya en los
años treinta, cuando por fin se terminó de terraplenar, también por iniciativa
de su propietario el Sr. Don Guillermo Llanos Jaime, padre del afamado poeta y
periodista Memo Llanos Delgado, fue unos años campo de béisbol, y luego se fraccionó
procediendo enseguida a la venta de lotes. A ese lugar, se le siguió dando el
mismo nombre que le daban a la parte que quedó de la laguna de este lado de las
vías del ferrocarril, y continuaron llamándolo: “Barrio del Charco Verde”, hasta el día de hoy.
Esta extensión de agua se
prolongaba hasta donde hoy se ven las vías del ferrocarril, muy cerca de la
estación del Sud Pacífico y un hotel, con el mismo nombre, que ahí existía,
propiedad de Don Pedro Navarro, quien aparte de dar alojamiento a los que
llegaban en el tren, recibía a los muchos agentes viajeros que hacían negocios
y transacciones con los comerciantes locales. En los andenes, principalmente
trabajadores de la compañía Sud Pacífico, le daban cabida a las decenas de
comerciantes ambulantes que llegaban con sus productos a vender a los pasajeros
de la llamada “punta de fierro”, como
nombraban al ferrocarril. Por cierto, que Don Pedro Navarro quien en el extraordinario
directorio comercial de Don José Ledón Sens, del año de 1933, anunciaba una
sucursal en el municipio de Ruiz, también era médico de profesión y atendía
pacientes en un consultorio anexo al hotel, entre todo un vivero de hortalizas y
flores de ornato. Explicaba la Sra. Consuelo Flores, que este lugar estaba
lleno de plantas y que el propietario le permitía a la chiquillada dejar ahí
sus macetitas de barro que fabricaba el Sr. Martín Zavalza y que contenía las
plantitas de gardenia que con el paso del tiempo le dieron a la ciudad el
título que hoy tiene respecto de esas flores, ya que sabemos que, con esos
aromáticos arbustos, los niños o entusiastas mujeres en canastitas o macetitas,
subían a los vagones con tres o cuatro en las manos ofreciendo la perfumada
flor que darían el bello e identitario nombre de la “Ciudad de las Gardenias” a Acaponeta.
Con justa razón se quejaba
Doña Consuelo de que la vida es diferente hoy día, pues esos comerciantes que
llegaban al tren, principalmente vecinos del Charco Verde, se distinguían por ofertar productos naturales y las
canastas —que no las contaminantes bolsas de plástico— se llenaban de elotes,
huamúchiles, mangos de la temporada, ciruelas, nanches, arrayanes, quesos frescos,
sabrosos panecillos que llamaban “antes”,
con sus vistosas banderitas de papel de china coronando los comalitos de barro
que las contenían, así como una gran y sabrosa variedad de tacos y otros
antojitos.
Mi gran amigo, el
brillante abogado Lic. José Miguel Rodríguez Menchaca, oriundo de este barrio,
recuerda la famosa panadería de "Los
Cacalotes", hoy ya desaparecida y que era propiedad de la familia
Palomera. Ahí, me cuenta, se elaboraba el pan en horno calentado con leña. Entre
las delicias que se quedaron marcadas en su mente está el "ahogaperros" especie de "cortadillo" que se elaboraba con lo que quedaba de
todas las harinas al final de la jornada.
Los andenes del
ferrocarril se llenaban de color, olor y sabor que se ofrecían al que por ahí
transitaba, puesto que esa terminal del tren, se había convertido en un lugar
de diversión, centro de reunión, así como espacio de venta y compra de
productos. Una característica muy especial en la ciudad, era transformar puntos
comunes de la comunidad en visitados centros de reunión como el embarcadero en
el río y en especial a esta estación del ferrocarril, donde en cualquier día se
podía ver a Doña Salvadora Arámbula quien vendía sus legendarios tamales, la
cual recorría la senda hasta la ladrillera que estaba y aún existe en esa zona
del norponiente de la cabecera municipal. También Pina Ramos de Sánchez que
ofrecía sabrosos tacos de chanfaina, chorizo y chicharrón que aún se recuerdan.
Ellas y otros subían a los vagones y pullman de un tren del cual solo queda el
grato recuerdo de aquellos que tuvimos la fortuna y el placer de viajar en
ellos, sobre todo aquel afamado “autovía”
—reconozco que este no lo conocí—, especie de autobús de dos pisos, montado
en las vías férreas que hacía el viaje entre Mazatlán y Acaponeta, tocando los
pueblos y comunidades vecinas del sur de Sinaloa y como destino final
Acaponeta. Era algo igual o muy similar a una “corrida” de camión, pero en
rieles, llegando a una rotonda, donde los chiquillos del barrio ayudaban a
girar al vehículo aquel, para el regreso de este singular transporte. El
autovía arribaba a la ciudad, ahí por donde actualmente están los almacenes de
combustible del Grupo Sierra, y además de los pasajeros que llevaba a bordo,
iba también entre maletas y bultos, escondida la cultura que posteriormente
daría el nombre de la “Atenas de Nayarit”
al municipio, ya que el intercambio de vivencias, situaciones y experiencias,
entre los que iban y venían dio cuerpo e identidad a esta Villa de Acaponeta.
Otro personaje que
ahí radicaba, fue el Profe Amado Zavalza, que impartía brillantemente clases en
la escuela Zaragoza cuando esta tenía sede en lo que ahora es la Casa de
la Cultura “Alí Chumacero”. Por cierto, abro paréntesis para anotar aquí el
nombre del Profesor Alejandro A. Torres, aquel maestro de música, que venía a
la población de Acaponeta, desde el Puerto de Mazatlán a impartir tan noble
materia. Él se venía precisamente en el autovía y el run run del trenecito y el
golpeteo sordo y monótono del andar sobre los rieles, inspiraron al filarmónico
a componer la hoy famosa melodía para banda “De
Mazatlán a Acaponeta”. Y ya que hablamos de músicos, un vecino notable del
barrio del Charco Verde, fue también
el Señor Aurelio Rodríguez Sarmiento, más conocido como “El Calandrio”, quien
casado con la señora Teresa Peralta Díaz, procrearon a David, Heriberto,
Aurelio, Enrique, Eduardo, Juan Francisco, Fernando y Rodolfo, la mayoría de
ellos, por no decir que todos, músicos reconocidos también.
Los pasajeros del tren o
del autovía, al dirigirse a pie rumbo al centro del pueblo, muchas veces, en
temporada de lluvia, encontraban el charco verde crecido y tenían que
remangarse los pantalones o faldas, y descalzos con el equipaje en la cabeza
para cruzarlo.
Esta Señora Pina Ramos,
también vendía galletitas de harinilla y sus hijos la ayudaban con placer, y
como recompensa a su esfuerzo y labor, Pina les ofrecía cada semana un premio
del tamaño del mundo: los llevaba a nadar a las orillas del río Acaponeta, lo
que hacía las delicias de la chiquillada, puesto que mientras ella lavaba la
ropa en las lajas de piedra que a propósito las mujeres acomodaban en las
riberas, ellos chapoteaban siempre bajo la vigilancia celosa de su madre.
Los del Charco Verde se distinguían por su
participación comunitaria; ahí se organizaron innumerables kermeses para
colectar fondos en pro de la construcción del Santuario de Guadalupe y las
principales organizadoras eran Chayo Torrero, Agustina Viera, Martha Sánchez y
la propia Consuelo Flores, entre otras quienes acordaban acciones para unir a
la gente de los alrededores de aquella laguna, contando por supuesto con la
cooperación de los comerciantes, entre los cuales había tres tiendas de
abarrotes que destacaban muy especialmente: Mateo Aguilar, abuelo de nuestro
buen amigo Francisco “Pancho” Aguilar Flores, el cual vendía unos exquisitos
raspados de frutas naturales que eran legendarios. Don Mateo tenía su tienda en
la esquina de Guerrero y Zacatecas, donde hoy existe una casa en ruinas; de hecho,
las tres tiendas estaban ubicadas en ese cruce de las calles, ya que Don Nepomuceno
“Cheno” Camacho, tenía su negocio
justo donde hoy existe una tortillería y donde la chiquillada de aquel entonces
“rentaban” los “cuentos”, que hoy llaman “comics”
de “Memín Pinguín”, “Kalimán”, “Chanoc”,
“Rolando el Rabioso”, entre otros, y para las mamás —que a escondidas leían
también los papás— el “Lágrimas y Risas”.
Era común en aquellas épocas que los caballeros anduvieran bien peinados, por
lo cual, eran muchas las ventas que tenía Don Cheno de una sustancia para el
cabello que llamaban “quinado”, sobre
todo porque era la más económica; para los “fifís”
de esos tiempos se vendía “Glostora”
con el mismo fin.
En la casa antigua del frente, ahí era la tienda de Mateo Aguilar, en la tortillería que hoy existe, la tienda de Cheno Camacho.
Enfrente, donde hoy está
una cantina, se ubicaba la casa y negocio de Don Francisco Torrero hijo, el
cual era transportista y era apoyado por su señora esposa Rosario Ramos Silva. Don
Francisco Torrero padre, trabajaba en la estación del ferrocarril. Se decía de
la tienda del Francisco Torrero, que era la más surtida y que incluso vendía
carnes frías y quesos, porque tenía refrigerador, algo que no cualquiera y sin
duda era un lujo. Es curioso que las tres tiendas, separadas por tan solo
cruzar la calle, convivieran y les fuera económicamente bien, a pesar de tan
cercana competencia.
En ese inmueble blanco se ubicaba la tienda de Francisco Torrero hijo.
Por eso a ese barrio
también se le conocía como el de “las
tres tiendas”, y al decir del Lic. Rodríguez Menchaca, a pesar de estar
prácticamente juntas, las tres tenían su éxito comercial, pues, dice medio en
broma y medio en serio: “no había crisis”.
Y continua: “Mateo se distinguía por la
venta de carbón; Camacho comerciaba con leña y Torrero ofrecía zacate, que, en
ocasiones, cuando se descuidaba, se lo comían las vacas que deambulaban por las
calles compartiendo espacio, aire y agua con los pobladores de este barrio” …cosas
de la provincia.
Por supuesto, no podía
faltar en este barrio, la clásica cantina, pues contiguo a una de las esquinas
donde se ubicaban las tiendas de abarrotes, estaba "La Ramada", propiedad de un señor llamado Mario, cuyo apellido
ignoramos, lugar donde las bravas mujeres sacaban a sus maridos porque se
quedaban muy tarde, aun cuando no hubiera botana. Incluso era llegada casi
obligada de los beisbolistas, quienes después de jugar los domingos en el
estadio municipal ansiaban mitigar la sed con las frescas ambarinas del lugar
atendido por uno de los señores de apellido Noriega cuya familia se preciaban
de ser amplios conocedores del rey de los deportes.
Mucho antes de la
instalación de la mencionada cantina, en la pared de una casa contigua a esa
negociación, en un terreno baldío, que la chiquillada llamaba “el chivirital” se proyectaban por parte
de la empresa refresquera “Pepsi”
películas del gran Charles Chaplin, “El
Llanero Solitario”, “La Creatura de la Laguna Negra” y otras de la época, y
al final de la cinta, regalaban entre otras cosas: charolas, vasos, toallitas, etc.,
todo desde luego con el logo de la empresa.
Este mismo espacio,
servía para dar cabida a las ocasionales carpas de los llamados “húngaros”, gitanos errantes quienes de
la misma manera que la Pepsi,
exhibían películas de ese maravilloso tiempo. Hay que hacer mención que los húngaros cobraban 20 centavos y además
cada quien llevaba su propia silla. Existe la curiosa anécdota, que en su
tiempo debió haber sido un escándalo, porque una bella damita del barrio, fue
enamorada por uno de estos húngaros y al final se “la robó”, naciendo tiempo después por esa unión el afamado “mentalista” Randú Costish, que de
manera frecuente llega a Acaponeta a mostrar en una carpa de circo su gracioso
espectáculo de hipnotismo. Eran los tiempos en que llegaba a Acaponeta el
reconocido circo Atayde, mismo que se quedaba en el pueblo hasta un año,
haciendo vida con los pobladores de aquí.
Es de destacarse que, en
los límites del barrio, frente a la propiedad de los “Cuájalas” en lo que ahora son oficinas de los profesores del
municipio y en un tiempo albergó a la oficina de enlace con la Secretaría de
Relaciones Exteriores, estaba el antiguo Hospital Civil, en el que por cierto
destaca la anécdota de que ahí se hospitalizó a un gran número de personas que
resultaron gravemente heridas en el conflicto ejidal de la comunidad indígena
de Sayulilla, del cual los viejos habitantes de esa localidad aún no olvidan
por lo violento de ese hecho. Bien dicen que los de Sayulilla, pagan por armar
pleitos.
Muchos nombres aún se
recuerdan en el barrio, a pesar de haber desaparecido la laguna; de que la
estación, aunque recientemente rehabilitada y salvada de las tristes ruinas en
las que se encontraba, se halle en el abandono total, de que el ferrocarril
solo pase pitando, llevando productos y migrantes, aquí llamados “trampas”, con rumbo al norte buscando,
montados sobre “la bestia”, el sueño
americano y una mejor calidad de vida.
Uno de esos nombres es el
de Carmelo Aguilar, maestro albañil, que construyó muchas de las casas que
aún existen en nuestra ciudad con una peculiar tendencia de estilo Art Noveau. Sin duda, Juanita Zambrano,
la que organizaba coloridas fiestas a las que los invitados llegaban con
regalos envueltos en brillantes y coloridos papeles de china y ramos de bugambilias
que le escamoteaban a Don Pedro Navarro, del Hotel Sud Pacífico. También
estaban Pedro Medina y su esposa Concepción, abuelos del hoy famoso artista
plástico Vladimir Cora, hijo predilecto del pueblo y del barrio, que según
cuentan los vecinos, era un chiquillo muy travieso, nacido en la casa ubicada
en el número 42 poniente de la calle Guerrero, donde en abril del año 2000
colocaron una placa conmemorativa, la cual por cierto ya se robaron los amantes
del cobre, bronce y otros metales que pagan bien los que se dedican a eso y
andan impunes por el pueblo comerciando lo robado; placa que a letra decía:
Vladimir Cora, otro hijo del Charco Verde
Gobierno Constitucional del Estado de Nayarit (entre
los escudos de Nayarit y de Acaponeta)
Siendo Gobernador C.P. Antonio Echavarría Domínguez
H. Ayuntamiento de Acaponeta, Nayarit
Siendo Presidente Municipal Prof. Enrique Jiménez
López
Homenaje al pintor y escultor
Vladimir Cora
en sus 35 años de vida artística
“El Charco Verde” calle Guerrero 42 lugar donde
naciera Vladimir Cora
(Placa
sobrepuesta que dice):
XIII Festival
Cultural de Nayarit en Acaponeta)
Acaponeta, Nayarit, abril 18 año 2000
Hijo de este barrio fue
también el ex presidente municipal Don Salvador Toledo López, quien fuera
brutalmente asesinado hace algunos años. Asimismo, Profesor Amado Zavalza, que
impartía clases en la escuela Zaragoza cuando esta estaba en lo que ahora
es la Casa de la Cultura “Alí Chumacero”.
Al frente, Salvador Toledo
En la década de los
sesenta, vivía Don Francisco Torrero, quien durante muchos años trabajó en la
estación del ferrocarril, al parecer en el área del telégrafo, personaje muy
importante en ese tiempo, ya que controlaba el tráfico ferroviario. Por cierto,
su nieto, el hoy Doctor Oscar Octavio Torrero Ramos, nació en este barrio.
El mundo no dejó de girar
y en cada vuelta se daba un cambio; hoy la laguna desapareció y en su lugar
brotaron casas y más casas habitación, comercios y edificios. Calles mal
empedradas y lotes baldíos. La regia estación del ferrocarril fue por años,
refugio permanente de miles y miles de murciélagos —aquí llamados chinacates—, malandros y de malos olores
producto del olvido y el paso del dios Cronos, hasta que hace unos cuatro o
cinco años se rehabilitó quién sabe por qué y para qué, quedando un edificio
histórico muy bello, pero como a nadie le dijeron que había que cuidarlo,
nuevamente hoy está en la ruina.
En los andenes suena duro
el silencio y en ocasiones los fuertes pitidos de un tren que no hará parada,
no ofrece saludos y menos deja bagajes culturales, pasa de largo
desinteresadamente, por cierto sin los lustrosos vagones “pullman” llenos de
pasajeros, y quizá solo rompe la monotonía del lugar el grupo de altruistas
ciudadanos encabezados por el Sr. Gilberto Rivera Rivera y su esposa la artista
de la lente Sonia Galindo, quienes en ejemplar labor reparten comida y
despensas a los paisanos o hermanos centroamericanos que venidos del sur viajan,
arriesgando el pellejo, trepados en los vagones de carga de la llamada bestia
de fierro.
Foto: Sonia Galindo
Las aguas frescas dieron
paso a las impersonales coca colas y los mangos a las dañinas Sabritas; la
salud a la diabetes y el agua de la laguna a disparejos empedrados y edificios
con arquitecturas foráneas. Del Hotel Sud Pacífico queda tan solo una añeja
estructura de madera condenada a desaparecer. Ya no hay niños a los que se
premie con ir a nadar al río. Las macetitas de gardenias son hoy tan solo un
símbolo del ayer, como es el recuerdo de aquel espacio anegado.
Ruinas del Hotel Sudpacífico
Sin embargo, de las
pérdidas anteriores, bien dice nuestro buen amigo Miguel Rodríguez Menchaca,
quedan los recuerdos. Evoca que allá por la década de los cincuenta, por la
calle Guerrero casi llegando a la Durango vivía un señor de nombre Magdaleno
que se dedicaba a la elaboración casera de riquísimos dulces y “encubiertos” de calabaza y camote, que
luego vendía en las afueras del mercado municipal, además de que también
ofertaba, en ese mismo lugar muy de mañana, una especie de empanadas de harina
que freía en cacerolas al igual que los churros del famoso Benjamín “Min”
Mayorquín. Recuerda Miguel, que este señor churrero, era pariente de un joven
“danzante”, del cual no recuerda su nombre, pero era reconocido como el mejor
de su género, pues era el líder de un grupo de danzantes, ya que siempre iba al
frente en todas las peregrinaciones religiosas.
Otro notable personaje de
este barrio, lo es sin duda Don Honorato Díaz Meza, un señor que elaboraba
junto con su familia, una exquisita birria, sin dejar de recordar que fue
propietario o administrador de una de tantas cantinas que existen en Acaponeta.
El famoso barrio del Charco Verde, como todos los que existen
en Acaponeta: el barrio bravo del Terrón Blanco, el tradicional barrio de la
CH, el alegre barrio del Mocoyoyo, el de la Mexicana y otros más, nos hablan de
culturas y personalidades muy propias; diferentes y muy peculiares personajes,
anécdotas alegres, tristes y hasta trágicas, pero que van, entre todas,
conformando la identidad de un hermoso pueblo, del que dijera el bardo, no fue
mar, ni fue montaña.
FORO DE EXPRESIÓN DE PEPE MORALES Y SÁNCHEZ HIDALGO
Es este un foro de expresión para difundir, publicitar y proteger la cultura y quehacer cotidiano del Estado de Nayarit y el municipio de Acaponeta, al norte de la entidad.
Un blog personal administrado por el Lic. José Ricardo Morales y Sánchez Hidalgo.
¡BIENVENIDOS Y SE ACEPTAN COLABORACIONES QUE TENGAN QUE VER CON EL PUEBLO DE ACAPONETA!
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